retiro lo escrito>

Obispo faltón> Alfonso González Jerez

El arzobispo de Alcalá de Herrares, Juan Antonio Reig Pla, ha aprovechado su participación en un foro, el VI Congreso Mundial de Familiar, para apostrofar de nuevo a homosexuales y transexuales. Hace varias semanas el señor Reig Pla lo hizo en una sonada homilía, y ante la reacción defensiva de colectivos de homosexuales y transexuales, y las críticas vertidas desde varios medios de comunicación, el purpurado insultador promovió una campaña que lo presentaba como un mártir perseguido, tan perseguido, según sus acólitos, que cabía temer que en las tintorerías no le desinfectasen el alzacuellos. En la mencionada reunión de católicos ultramontanos monseñor se ha tomado su revancha. De nuevo la descripción de cualquier opción distinta a la heterosexualidad es presentada como un ataque a los valores morales, a la familia, al debido orden social y antropológico. De nuevo la homosexualidad -y en general la libertad de cada cual para optar por su identidad sexual- es anatemizada y descrita como una abominación hedionda y amenazante. Y de nuevo no hay que esperar que un fiscal ponga en su sitio a un preboste grosero y faltón de la Iglesia Católica española.

El señor obispo de Alcalá tiene el derecho, como cualquier ciudadano de este país, a manifestar libremente su opinión. Pero una vez se sitúa voluntaria (y hasta estentóreamente) en el espacio público puede ser tanto sujeto como objeto de críticas. Lo que no entiende, sobre todo, el señor obispo, lo que no quiere entender, y así le ocurre a todos sus congéneres, es que carece de cualquier autoridad moral incuestionable. Su autoridad es religiosa y comprende solo a aquellos que se le otorgan, es decir, a los miembros de su organización eclesiástica. En una sociedad laica nadie tiene el monopolio del discurso moral y las relaciones se rigen exclusivamente por un conjunto de leyes y normas aprobadas por el Estado democrático. Ocurre, sin embargo, que el señor Reig Pla, como ocurre con la Conferencia Episcopal española, ni siquiera está dispuesto a admitir que esta es una sociedad laica, pese a todas las evidencias constitucionales, legales y culturales. Y por eso mismo -y por la secular impunidad de los dirigentes católicos en este país- se cree largamente capacitado para insultar a cientos de miles de ciudadanos y reducirlos a enfermos mentales o exaltarlos como agentes de la putrefacción moral que azota a la civilización occidental. Y lo hace una y otra vez. Hasta el hartazgo. Entre aplausos y piropos. Esta es la misma iglesia que ni siquiera paga el IBI y que recibe del Estado más de 5.000 millones de euros anuales. De contribuyentes homosexuales y heterosexuales. Y sin recortes.