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Oigo patria tu aflicción… > Jorge Bethencourt

El dos de mayo, al amanecer, comenzaron las primeras escaramuzas. Civiles armados, gente brava, malencarada, españoles de todos los rincones de la piel de toro, se habían juntado la noche anterior en las tabernas de Madrid. El dolor de ver a la patria hollada por los invasores, el hartazgo de un pueblo cuya dignidad había sido pisoteada, corría ahogado de trago en trago, de voz en voz, de mirada en mirada.

No existen datos históricos de dónde se produjo el primer incidente. Quién fue el primero que abrió fuego contra los invasores comenzando así la rebelión. Pero con las primeras luces del día, la capital de España era un gigantesco campo de batalla lleno de pólvora, destrucción y gemidos de la gente herida. Un grupo de bravos, atrincherados en Cibeles, repelía el fuego graneado que descarga tras descarga les llegaba desde la puerta de Alcalá. Desde las ventanas, las valientes mujeres españolas arrojaban calderos y cuchillos contra los enemigos.

“Esclavo no puede ser, pueblo que sabe morir” gritó uno de los bravos antes de caer como abatido por un rayo. En medio de toda esa algarabía de muerte, de arrojo y de valor, un joven oficial saltó entre las líneas defensivas de los patriotas y buscó con la mirada al jefe de la resistencia civil. No hallándolo gritó “¿Quién está al mando?”.

Decenas de rostros manchados por la pólvora, de ojos cansados y bocas tensas, se giraron en silencio. Uno habló. “Aquí no manda nadie, capitán. Somos el pueblo”. El joven, emocionado, volvió a hablarles. “Soy el capitán Velarde. Vengo a morir con vosotros, si me dejáis”. Un coro de voces jalearon sus palabras. Alguien le puso en las manos un arma y con una palmada en la espalda le animó a arrimarse al muro de piedra de la fuente. “Ande capitán. Hoy es un día maravilloso para morir por la libertad”.

Velarde hincó la rodilla en tierra y asomó la cabeza para mirar hacia Alcalá. El enemigo desplegaba ya todos sus efectivos. Bajo las banderas de la Banca las erizadas puntas de las hipotecas brillaban como el acero. El rítmico batir de las cajas registradoras marcaba el paso de varios regimientos de fondos de inversión que se desplegaba por el ala izquierda. Los zapadores de las cartillas de ahorro cebaban las mechas de los cañones preparados para la carga final. “Atentos compañeros. Nos atacan con una carga de las preferentes”. gritó un defensor. El capitán Velarde, con calma, besó la llave del Canal Plus y con una sonrisa se dispuso a morir.

Twitter@JLBethencourt