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Otro mayo francés > Juan Hernández Bravo de Laguna

El peculiar sistema electoral francés a dos vueltas permitió que en la primera acompañaran a los dos candidatos presidenciales con posibilidades una multitud de aspirantes, entre los que destacó Marine Le Pen, tercera candidata más votada, dirigente del ultraderechista Frente Nacional, que rompió el techo histórico del partido en unas elecciones y consiguió sumar a sus feudos tradicionales del sur y el este del país contrarios a la inmigración, los apoyos del norte obrero y el centro rural. A diferencia de España, el centro derecha francés de la Unión por un Movimiento Popular cuenta con una fuerza política importante a su derecha (seis millones y medio de votos, y un 18% del electorado), de la que acepta vergonzantemente su apoyo, mientras los socialistas no muestran el menor reparo en sumar a toda la izquierda radical.

Con más exactitud, no solo es que el centro derecha francés acepte vergonzantemente el apoyo de su ultraderecha, sino que ese apoyo es muy débil o simplemente no existe. La situación es muy diferente, por ejemplo, a la protagonizada por la ultraderecha húngara, que sintoniza algo más con el populismo del Gobierno conservador de Viktor Orbán, líder del partido Fidesz-Unión Cívica Húngara, en alianza con el Partido Popular Demócrata Cristiano. Un Gobierno que, incluso, ha llegado a suscitar en la Unión Europea la apertura de un procedimiento de infracción sobre tres cuestiones: las independencias del Banco Central húngaro y de la autoridad de protección de datos, y el adelanto de la edad de jubilación de los jueces. Pues bien, entre la izquierda de la plaza de La Bastilla y la derecha de la plaza de La Concordia, en el domingo electoral francés se hizo presente una tercera realidad: la de la Francia que rechazó por igual a Sarkozy y Hollande al considerar que eran más de lo mismo; una Francia que, en lugar de quedarse en casa, mostró con su voto en blanco su no identificación con ninguna de las dos opciones mayoritarias. En efecto; más de dos millones de franceses acudieron a las urnas para depositar una papeleta en blanco: un 5,8% de los electores. Ha sido la cifra más elevada desde 1995, cuando la eliminación del tercero en discordia, el candidato derechista Balladur, y también del Frente Nacional, hizo que se llegase al 5,95% de sufragios en blanco. El dato podría parecer una mera anécdota, pero un ligero análisis preliminar muestra que esas papeletas pudieron ser clave para inclinar la balanza electoral en uno u otro sentido: 1,14 millones de votos separaron a Hollande de Sarkozy (18 millones frente a 16,86), una cifra inferior en un millón de votos a los 2,14 millones emitidos en blanco.

¿Sería entonces correcto afirmar, al igual que han hecho muchos analistas, que el voto en blanco de Le Pen dio la victoria a Hollande? Si queremos comprobar la procedencia de ese voto de protesta, hemos de tener en cuenta que en la primera vuelta, el pasado 22 de abril, el porcentaje de papeletas en blanco no llegó al 2%, y que dos semanas después casi se triplicó. Entre las dos convocatorias electorales, precisamente el 1º de mayo, la líder del Frente Nacional pidió a sus seguidores que votaran en blanco, como iba a hacer ella misma, en un intento de forzar la derrota de Sarkozy y provocar un seísmo en el seno de la derecha francesa. En este sentido, según las encuestas a pie de urna realizadas por tres institutos de opinión, entre el 25 y el 35% de los votantes de Le Pen optaron por no votar o votar en blanco, una cifra a la que debemos sumar el 30% de los seguidores del centrista Bayrou, que anunció su voto a título personal a favor de Hollande, aunque no dio ninguna consigna electoral a sus seguidores. En definitiva, es posible confirmar hasta qué punto la negativa de Le Pen a apoyar a Sarkozy ha detenido la carrera política del presidente saliente, que pasó de conseguir en 2007 un 70% de los votos de la ultraderecha -que en esos comicios apenas superaba el 10%- a obtener la mitad, precisamente cuando la ultraderecha alcanzaba un resultado histórico del 18%.

Por su parte, François Hollande logró incorporar en dos semanas el voto en bloque de la izquierda anti-Sarkozy, que supone un 44% del electorado, pero solo los dos millones de votos que lo hicieron en blanco en vez de apoyar a su rival le dieron la victoria. Esta es la principal enseñanza para Hollande, un presidente que si se contabilizaran los votos en blanco se habría quedado con un respaldo en torno al 48% del electorado. O, lo que es lo mismo, que no fue votado por más de la mitad de los electores que emitieron su voto en la segunda vuelta.

“La relativa fragilidad de la victoria de François Hollande se debe al hecho de que la Francia a la derecha o, al menos, la Francia de no izquierda ha optado por un presidente de izquierdas. En la década de los años 70 del pasado siglo se decía a menudo que la Francia de izquierdas votaba a la derecha. Tres décadas más tarde se da la paradoja de que la Francia de derechas tiene un presidente de izquierdas”, resumía en un reciente artículo publicado en Le Figaro Pascal Perrineau, director del Instituto de Estudios Políticos de París.

En otras palabras, añadimos nosotros, en este mayo de 2012, tan lleno de “indignados” y manifestaciones, vuelve el viejo mayo francés de 1968, aunque ahora justamente al revés. Y no sabemos si vuelve para quedarse.