Esto no se cobra>

Saturada> Cristina García Maffiotte

Me confieso saturada. Mi vaso de agua, ese que siempre puede contar con una última gota que lo rebosa, hace ya tiempo que se desbordó. Lo asumo con valentía porque mi saturación ha llegado a tal extremo que no me da vergüenza reconocerlo. Igual me dura diez días o toda una década; ni lo sé, ni me preocupa por el momento. Solo sé que mi capacidad de asombro murió infartada esta semana así que, a fuerza de no poder más con tanto sobresalto, me he empezado a refugiar en una realidad paralela para sobrevivir a las malas noticias y los peores augurios. Lo sé, no es buena idea. Esconder la cabeza no debería ser nunca una opción pero no veo otra.

Puede que vaya al paro, mi hipoteca sigue ahí, la jodida, y mis perspectivas de futuro tienen el mismo color, negro, que el de la gente que me rodea, pero la verdad, ya nada de eso me preocupa. Ahora vivo feliz y tranquila. Nada me sobresalta ¿La nacionalización de Bankia? No me ha quitado el sueño. Antes, sí. Antes de darle al pause a mi estado de ánimo me hubiera enfadado y mucho. Sobre todo porque hubiera vuelto a comprobar que en este país nadie asume sus responsabilidades. Porque dimitir con una jugosa indemnización y la vida resuelta no cuenta. Eso no es asumir tus responsabilidades; eso es mandarte a mudar dejándole el muerto a otro.

Pero estoy segura que el calentón no se habría centrado solo en Rodrigo Rato, no. Me habría enfadado con toda esa panda de responsables públicos (políticos) y privados (entidades financieras) que siguen ahí, pasando facturas kilométricas de móvil, pagando almuerzos con la visa oficial, subiéndose sus retribuciones como miembros de consejos de administración en los que se sientan para aprobar miles de despidos.

Me hubiera vuelto a enfadar, y mucho, con ellos. Con esos concejales que buscan excusas estúpidas para justificar que se han gastado miles de euros en el móvil (“es que pensé que tenía tarifa plana” que a mí me suena a cuando me pillaban mis padres llegando a casa medio borracha en carnavales y les decía: “es que me sentó mal un bocadillo”). Y qué me dicen del cretino que filtró la noticia y que, sabiendo lo que ocurría, no cortó el móvil al llegar el primer recibo porque prefirió dejarlo correr para lograr así un titular más abultado o del funcionario, que dio de alta la línea y no contrató la tarifa correcta.

Uf, no quiero ni pensar cómo me hubiera puesto. Pero eso era antes. Ahora no. Ahora leo esas noticias con la misma indiferencia con la que leo el listado de farmacias de guardia. Y vivo feliz ajena a toda esa panda de sinvergüenzas y cretinos.

En el fondo, lo que quiero es lograr ese mismo estado de ánimo y de paz interior que tienen todos ellos. Esa mirada plácida y tranquila; esa sonrisa perpetua que solo puede responder a que no tienen preocupación por su futuro. Y como no tengo ni sus carteras, ni sus contactos, ni esa increíble habilidad para caer siempre de pie, voy a copiarles en lo que está en mi mano y haré con ellos lo mismo que ellos han hecho conmigo como ciudadana todos estos años y que tan bien les ha funcionado; ignorarles.