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Llevo vinculado a la Universidad de La Laguna desde hace dos décadas; cursé dos carreras, inicié otra, y pertenezco a una asociación que trabaja dentro de la institución con alumnos de diferentes facultades y que trata de defender su independencia creativa. En todos estos años he visto pasar a varios claustros, rectores, leyes educativas, planes de estudios y un sinfín de estudiantes y profesores. Y manifestaciones, huelgas, protestas, elecciones… Con el paso del tiempo, y echando la vista atrás, ahora las reivindicaciones son similares, cuando no gemelas, tales como la mejora de la enseñanza, la reclamación de más medios, que no suban las tasas, más becas, etcétera; todo, trufado con banderas y camisetas que pasan de unas manos veinteañeras a otras. Siempre pongo de ejemplo la imagen del Che Guevara. En mi primer año de universidad era un símbolo -aunque habían pasado treinta años desde su muerte-, una distinción de revolucionario que proliferaba en carpetas, pintadas y carteles; veinte años después sigue apareciendo en marchas y concentraciones como emblema de la rebeldía que se le supone a todo joven que se precie. Uno no enarboló entonces esas banderas. Ahora, igual, hay más motivos, pero lo que me producen estas enésimas protestas es cierto hastío. Los incidentes del Rectorado desdibujaron el jueves la manifestación en contra de las políticas educativas. Menos mal. Lo digo porque si se bucea en el comunicado de los estudiantes no encuentras nada nuevo. Y el problema es que los males de la Universidad de La Laguna, su descrédito, su palidez, su envejecimiento, su falta de implicación social, su nivel académico, necesita de otras críticas, de otros acentos más allá de las sempiternas tasas y becas. Que sí, que hay que hablar de ello, pero ¿ya está? Agitamos al mito argentino, gritamos contra los poderosos, alzamos el grito contra los opresores y volvemos a las aulas. La Universidad, en este mundo que transita hacia múltiples abismos, necesita otras cosas. Otras valentías y banderas. Es hora de replantearse su papel, su estructura, incluso, su aportación a un modelo de sociedad que, precisamente, necesitaría tener en los universitarios un foco para el debate y la discusión. Pero para eso hace falta desterrar las pintadas y los asaltos, guardar en la memoria de los mitos algunos retratos y banderas y empezar a construir argumentos más allá de consignas y lemas ya caducos.