Universitarios > José David Santos

Llevo vinculado a la Universidad de La Laguna desde hace casi dos décadas; cursé dos carreras, inicié otra, y pertenezco a una asociación cultural que trabaja dentro de la institución con alumnos de diferentes facultades y que trata de defender la independencia creativa que debe manar de una institución universitaria. En todos estos años he visto pasar a varios claustros, rectores, leyes educativas, planes de estudios y un sinfín de estudiantes y profesores (algunos siguieron después en la asociación). Y manifestaciones, huelgas, protestas, elecciones… Con el paso del tiempo, y echando la vista atrás, las reivindicaciones son similares, cuando no gemelas, tales como la  mejora de la enseñanza, la reclamación de más medios, que no se suban las tasas, que existen más ayudas y becas, etcétera; todo, trufado con banderas y camisetas que no cambian pero que pasan de unas manos veinteañeras a otras.

Siempre pongo de ejemplo la imagen del Che Guevara. En mi primer año de universidad era un símbolo -aunque habían pasado treinta años desde su muerte-, una distinción de revolucionario que proliferaba en carpetas, pintadas y carteles; veinte años después sigue apareciendo en marchas y concentraciones como emblema de la rebeldía que se le supone a todo joven que se precie. Uno no enarboló entonces esas banderas. Ahora, igual, hay más motivos, pero lo que me producen -no en la distancia porque vivo en la Universidad de La Laguna desde hace tiempo- estas enésimas protestas es cierto hastío ante, otra vez, la falta de perspectiva de todos y cada uno de los actores de la institución, incluidos sus efímeros estudiantes. Los incidentes del Rectorado desdibujaron ayer la manifestación más o menos multitudinaria en contra de las políticas educativas del actual Gobierno. Menos mal. Lo digo porque si se bucea en el comunicado de los estudiantes no encuentras, como decía antes, nada nuevo, nada.

Y el problema es que los males de la Universidad de La Laguna, su descrédito, su palidez, su envejecimiento, su falta de implicación social, su nivel académico, necesita de otras críticas, de otros acentos más allá de las sempiternas tasas y becas. Que sí, que hay que hablar de ello,  pero ¿ya está? Agitamos al mito argentino, gritamos contra los poderosos, alzamos el grito contra los opresores y volvemos a las aulas. La Universidad, en este mundo que avanza y transita hacia múltiples abismos, necesita otras cosas. Otras valentías y banderas. Es hora de replantearse su papel, su estructura, incluso, su aportación a un modelo de sociedad que, precisamente, necesitaría tener en los universitarios un foro y un foco para el debate y la discusión. Pero para eso hace falta desterrar las pintadas y los asaltos, guardar en la memoria de los mitos algunos retratos y banderas y empezar a construir argumentos más allá de consignas y lemas ya caducos.

Hace tres lustros desde uno de los palcos del Paraninfo lagunero –cerrado una eternidad después-  tuve la oportunidad, en una representación teatral, de proclamar lo siguiente: “En nombre de vuestra propia lógica, os decimos: la vida apesta, señores. Contemplad por un instante vuestros rostros y considerad vuestros productos. A través de las cribas de vuestros diplomas pasa una juventud demacrada, perdida. Sois la plaga de un mundo, señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza de la humanidad”; es un fragmento de la Carta a los rectores de las universidades europeas de Antonin Artaud. Pues eso.