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Vestimentas > Miguel L. Tejera Jordán

Harto de tantas malas noticias económicas hoy prefiero hablar de los ropajes. Es decir, de los uniformes que tanto sofocan a la gente y, en especial, a algunos funcionarios públicos. La Guardia Civil, en concreto, está que trina por cuenta de la gota que suda con estos tiempos de “calufa” prestando sus habituales servicios por esos mundos de Dios. Y tan mal se ha puesto la cosa entre la tropa verde, que ha decidido rebelarse contra sus mandos, reivindicando poder trabajar en manga de camisa. De hecho, muchos números se están compinchando para lograr su propósito, algo que se entiende si tenemos en cuenta que la manga de camisa está superinventada en medio mundo, por ejemplo, en Japón, país en el que los funcionarios van en manga de camisa a sus oficinas, simplemente porque así se los ordena el mismísimo gobierno, porque resulta más cómodo y fresco y porque ahorran energía que es un primor. El personal de a pie de la benemérita no quiere sofocos en las calurosas carretas de España, en las que de verdad se suda la gota gorda. Creen que el uniforme no debería regirse por criterios estacionales, sino por los de la eficacia, que también se consigue a través de la comodidad.

Si el duque de Ahumada levantara la cabeza, los corría a gorrazos, qué digo, a tricornazos. Pero no a la tropa, a los mandados, sino a unos mandos sádicos que quieren hacer sufrir a sus subordinados haciendo que las glándulas sudoríparas de la sobaquera goteen a chorro sin control, consiguiendo que otras glándulas, las de la pituitaria, perciban, ciertamente, el desagradable olor del derrame del sudor.

Y es que trabajar acalorado es lo peor que puede haber. Trabajar y hasta hacerlo por amor al arte. Que es lo que ha sucedido con los conciertos de la Isla Baja. El domingo pasado hubo uno al aire libre en la plaza de Los Remedios, de Buenavista de Norte. Y los músicos estaban, los pobres, pasando un sofoco de mil pares de diablos. Encima de que tenían que soplar saxofones, clarinetes o bombardinos, aguantaron un calor de impacto durante el tiempo que duró la actuación. Daba penita verlos. Y la gente del público no parada de comentarlo. La banda debería tocar en manga de camisa y dejar el sofocante uniforme para el otoño y el invierno.

La manga de camisa es más fresca y ecológica. La gente suda menos o no suda. Y esto se traduce en menos gasto de agua en la colada, menos jabón de lavadora y menos suavizante, es decir, menos contaminación del medio ambiente.

Un servidor lo único que sabe es que las personas tenemos que movernos limpitos por el mundo. Oliendo a jabón y con el pelo clarito. La vestimenta influye, claro que influye.

Pero hay que ir por la vida más o menos perfumadillo, aunque sea con nenuco. Y a la higiene personal no ayuda que, con treinta grados de temperatura y la sobaquina a pleno rendimiento, por culpa del ropaje, le unamos las muchas horas que un guardia civil pasa en la carretera, controlando e tráfico, o el tiempo que los músicos de cualquier banda pasan en un concierto público al aire libre. Bueno, en un plaza en la que hacía de todo, menos aire.

Es como en la playa. A nadie se le ocurría bañarse en traje de chaqueta. Para la playa, los bañadores. Para el calor infernal de la primavera y el verano, mejor la ropa ligerita. Frescos de cuerpo y mente por todos los caminos de Dios.