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¿Víctima de sí misma? > Juan Hernández Bravo de Laguna

Estos días los medios de comunicación destacan que Nicolás Sarkozy ha sido el decimonoveno líder europeo arrollado por la crisis. Mejor dicho, no tanto por la crisis, sino por los sentimientos de miedo, desconcierto y deseos de cambio que la crisis despierta en las poblaciones europeas. Porque las encuestas nos dicen que François Hollande, su oponente socialista y vencedor en las elecciones presidenciales francesas, no cuenta con el respaldo absoluto e incondicional ni siquiera de sus votantes. Y que su victoria ha sido una especie de punto de encuentro entre tendencias encontradas, posible gracias a la abstención de la extrema derecha. Sin embargo, a pesar de ello, las encuestas también nos muestran que el electorado del país vecino deseaba un cambio que permitiera explorar unas vías de recuperación económica y financiera menos restrictivas y menos entregadas a las todopoderosas directrices alemanas. Lo deseaba por una exigua mayoría inferior a cuatro puntos porcentuales, pero lo deseaba. Está por ver si ese deseo no conduce a un callejón sin salida voluntarista.

Es evidente que en Francia, al igual que en España y en toda la eurozona, aunque con mucha menor intensidad -y necesidad-, los tres objetivos prioritarios de las políticas gubernamentales son la reducción del déficit de las cuentas públicas, el saneamiento y consolidación del sistema financiero, y la implementación de reformas estructurales de amplio calado, en particular del mercado laboral y del entramado institucional y organizativo público. Y que al servicio de ese triple objetivo cabe únicamente una política de austeridad y restricción a ultranza, una política de contención severa del gasto público, de rebaja de salarios y de aumento de impuestos; una política que deprime la demanda efectiva, el consumo y la inversión, con el peligro de conducir a una situación irremediable de recesión económica. Pero en España no hay alternativa. El año que viene podremos verificar si las políticas del Gobierno de Rajoy dan resultado y permiten iniciar una tímida recuperación de la economía y del empleo, un modesto crecimiento económico que permita, a su vez, la adopción de algunos estímulos keynesianos a la demanda. Aquí ya hemos comprobado hasta la saciedad que las vías alternativas de los disparates y las alegrías irresponsables de Rodríguez Zapatero solo llevan al abismo.

El caso de nuestro inefable anterior presidente del Gobierno fue utilizado profusamente por Nicolás Sarkozy en la campaña electoral gala como ejemplo de lo que no hay que imitar. En Francia existe una coyuntura incomparablemente mejor que la española y un margen de maniobra mucho mayor. Y las propuestas electorales de François Hollande son más contenidas y sensatas que las de los socialistas españoles. No obstante, veremos a dónde conducen medidas tales como ese aumento de miles de funcionarios que esgrimió en su programa (“Nuestra victoria debe suponer un nuevo punto de partida para la eurozona, en donde parece haberse impuesto por fin la idea de que la austeridad no es el único medio para combatir la crisis”, afirmó la misma noche de su elección).

La derrota electoral del presidente saliente de Francia (el primer jefe de Estado francés que no revalida el cargo desde Valery Giscard d’Estaing, que perdió en 1981 frente al socialista François Mitterrand) tiene, además, componentes de ejecutoria personal, menos generales. Y así, los analistas coinciden en que en demasiadas ocasiones abandonó su papel institucional de presidente de todos los franceses y asumió un excesivo protagonismo, propio de un líder partidista; un excesivo protagonismo que lo desgastó fatalmente. El peculiar sistema francés hace convivir -y, a veces, cohabitar- a un presidente de la República con competencias ejecutivas nada testimoniales y a un jefe del Gobierno de la misma o diferente formación política. El sistema permite que el presidente module su papel y descargue en el primer ministro las acciones más polémicas y conflictivas de su agenda. Pero a Sarkozy le ha perdido una personalidad arrolladora que no está por descargar nada en nadie.

Otra peculiaridad francesa es su sistema electoral a dos vueltas. En la primera acompañaron a los dos candidatos con posibilidades una multitud de aspirantes, entre los que destacó Marine Le Pen, tercera candidata más votada, dirigente del ultraderechista Frente Nacional, que rompió el techo histórico del Frente en unas elecciones. A diferencia de España, el centro derecha francés de la Unión por un Movimiento Popular cuenta con la baza de una fuerza política importante a su derecha (seis millones y medio de votos, y un 18% del electorado), de la que acepta vergonzantemente su apoyo, mientras los socialistas no muestran el menor reparo en sumar a toda la izquierda radical.

Ya se vislumbra un probable cambio de Gobierno, tras la renuncia del primer ministro holandés, Mark Rutte, debido a la imposibilidad de mantener la actual coalición gubernamental unida frente a los necesarios nuevos ajustes.

La gran prueba definitiva llegará el próximo año con las elecciones generales parlamentarias en Alemania, en las que se despejará la incógnita de si hasta Angela Merkel se convertirá en una víctima más de esta crisis, es decir, de si llegará a ser una víctima política de sí misma.