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Y el taxista aceleró > Verónica Martín

Se subió al taxi. Lo había llamado lentamente minutos antes. Con solo levantar la mano derecha y hacer un internacional gesto, el conductor entendió perfectamente que necesitaba de sus servicios. Por ello, fue frenando, puso el intermitente derecho y se paró al tiempo que apagaba la bombilla verde para que el resto de viandantes entendieran que ahora, desde ese justo instante, era un taxi ocupado. Qué sencillo. Ella pensó que ojalá en la vida todo se resumiera en gestos internacionales como esos. Sin más implicaciones. Sin pensar “me dijo esto pero realmente me quiso decir lo contrario porque…” y, también, pensó que las personas necesitaríamos bombillas de colores para que todos entendieran lo que somos: persona altamente sensible, persona con frustraciones sexuales, persona con exceso de confianza… Fue un pensamiento fugaz que no la reconfortó demasiado. Las personas no son nunca tan sencillas y elegir los colores que nos catalogan puede ser más frustrante aún que definirnos.

Ella abrió la puerta con decisión y la cerró de un golpe dejando todos sus sentimientos de culpa en la acera, junto alguna caca de perro y los restos pisoteados de media entrada del último partido de fútbol que algún aficionado no quiso llevarse a casa. Desprenderse de las cosas nunca fue su fuerte. Aún no había guardado ni la foto de boda donde estaba estupenda y sonriente en el día que se supone más feliz de su vida, pese a que hacía ya años que había firmado el divorcio.

Es más fácil desprenderse de una entrada de fútbol invalidada que de los sentimientos o de los recuerdos. E, incluso, de las fotos de boda. También ese fue un pensamiento fugaz. Pensó que sería fantástico poder resetear sentimientos como se hace con el ordenador o abandonarlos en la acera como hizo ese aficionado con su entrada. Quizás su equipo ganó y le hizo feliz y se olvidó de la entrada o quizás perdió y la tiró al suelo enfadado. Ya daba igual.

El taxista la miró a través del retrovisor. Sus ojos sonrieron a la nueva pasajera. Ambos sabían, claramente, en qué consistiría su relación. No había posibilidad de error: ella necesitaba viajar a algún sitio y él la llevaría por el camino más corto o, al menos, el que menos colas hubiera. Para ello se había comprado un GPS de última generación que le hablaba y todo y, además, se había dado de alta en el programa de ayuda al taxista a través de satélite que le indicaba cuál es el mejor camino en cada momento. Era algo que al conductor le hacía sentirse muy seguro. Siempre sabía dónde tenía que ir. En cuanto un pasajero se subía a su coche, tenía una misión clara. Un destino seguro. Fue un pensamiento también fugaz que le hizo sentirse bien. Era sencillo saber dónde vas cuando tienes que llevar a alguien. Lo complicado es tomar una decisión así por uno mismo, sin GPS, sin programas de ayuda ni voces eléctricas que te lo indiquen. Esa vez, ambos, pasajera y conductor coincidieron en el pensamiento. Tener el destino claro ayuda mucho a vivir tranquilo.

Entonces, por primera vez él escucho su voz. Parecía una mujer muy segura de sí misma. Ella dijo: “Lléveme a la Luna”. Y… el taxista, aceleró.