ESTO NO SE COBRA > Cristina García Maffiotte

Yo, culpable > Cristina García Maffiotte

Me desperté sobresaltada y empapada de sudor. La verdad me llegó en mitad de la noche y me sacudió con la intensidad de un puñetazo en la boca del estómago. Yo, que me había considerado víctima, resulta que era culpable y aunque políticos y banqueros me lo habían indicado sutilmente durante meses, la verdad no estalló en la cabeza hasta esa noche fatídica en la que intentaba digerir unos churros de pescado.

Resulta que la crisis es culpa mía por trabajar desde los 22 años, tributando al Ayuntamiento, al Gobierno de Canarias y al Estado por muy variados y distintos conceptos y mientras yo creía aportar mi grano de arena a esta sociedad, en realidad estaba haciéndoles creer equivocadamente a nuestros dirigentes que éramos un país rico y así, con mis aportaciones, gastaron más de lo que debían, a veces en cosas necesarias y otras en fruslerías; con despreocupación, porque yo estaba haciéndoles vivir un espejismo.

En el colmo de mi imprudencia, me compré un piso y solicité una hipoteca, logrando de esa forma que mi entidad bancaria, engañada por mi simpatía y una nómina chiquitita pero apañada, destinara parte de sus depósitos a financiar ladrillo. No era mi intención, de verdad. Si lo llego a saber nunca me habría plantado en mi banco, con un fleje de folletos en los que me aseguraban el 120% del valor de tasación de mi piso, para obligar a aquel pobre director de sucursal a concederme la hipoteca. En mi descargo no tengo nada que aportar. Porque aunque pago religiosamente mis cuotas mensuales, eso no es suficiente. Por mi culpa, ese banco, alimentado por la sensación de éxito que supuso venderme (¡a mi!) un producto hipotecario dejó otras líneas de inversión y se lanzó como loco a vender hipotecas. Otros bancos lo imitaron y, voilà, ahí tenemos la burbuja inmobiliaria.

Pero no lo dejé ahí. Al cumplir 30 años contraté un plan de pensiones. Pensé, de verdad, que era un acto de responsabilidad; una decisión que me convertía definitivamente en adulta y sin embargo, ay, sin embargo, lo que estaba era convirtiéndome en parte de “los mercados”. Con mi aportación de 60 euros al mes yo creía que me estaba garantizando una pensión, pero no, estaba obligando a mi banco a especular en bolsa para cumplir con mis deseos de una jubilación dorada. Pura avaricia; soñar con tener recursos al llegar a los 65 años, forzando a mi entidad bancaria a oscuros juegos en los parqués de medio mundo y todo para qué; para satisfacer mis deseos.

No sé qué más puedo hacer además de pedir disculpas. Llevo días intentando ponerme en contacto con Rodrigo Rato porque quiero decirle “lo siento”. Nunca trabajé con ninguno de los socios de Bankia, ni quise ser ‘bankera’ pero en algún momento algo hice, seguro, que llevó al pobre Rato a intentar liderar un variopinto grupo de cajas politizadas. Quizás fue por no domiciliar con ellos mi nómina; llevados por la necesidad de hacerse atractivos para mí, los empujé a esa suicida política de pactos y…bueno, ya saben cómo acabó todo. Desde aquí, Rodrigo, si me lees, te pido perdón. Lo siento en el alma. Yo no quería, te lo juro.