Nombre y apellido >

Antonio de Lisboa, Padua y el Monte > Luis Ortega

De su hogar en el barrio lisboeta de la Alfama, sólo queda el sótano porque el palacio de Martín de Bulhöes y Tavera, descendiente del cruzado Godofredo de Bouillón, cayó en el terremoto de 1755. Bautizado Fernando, estudió con los agustinos de San Vicente, Sagradas Escrituras y Teología; pasó luego a Coimbra y en 1220 cambió de hábito y se hizo franciscano, con el nombre de Antonio. En Pentecostés de 1522 asistió en Asís al Capítulo de las Esteras. Regentó la ermita de Montepaolo y fue el más convincente opositor de los cátaros. Allí falleció cuando sólo contaba treinta y seis años y era requerido de todas partes como predicador. Esas virtudes le valieron la más rápida canonización de la historia; ascendió a los altares en menos de un año (trescientos cincuenta y dos días) por decisión de Gregorio IX. Padua, en 1263, le dedicó una espléndida basílica para albergar sus restos mortales y cuando se abrió su sarcófago “la lingua santa” permanecía incorrupta, circuntancia que fue interpretada como un milagro por el propio pontífice y por una comisión de personalidades entre las que se encontraba Buenaventura de Fidanza, que aseguró que “era el premio a no haber mentido jamás y haber llamado las cosas por su nombre”. Se le representa con el Niño Jesús y la Biblia en las manos, tal y como se apareció en un fenómeno de bilocación a varios fieles después de su muerte; su devoción se extendió por todo el orbe católico y es patrón de las ciudades donde nació y reposa y de muchos lugares de las Tres Américas; localizador de los objetos extraviados, ayuda en la búsqueda de las parejas que bendice y consolida y, sobre todo, abogado de las causas difíciles, con lo que ya podemos rogarle que nos mire con clemencia y nos enseñe a evitar los eufemismos; (por ejemplo ayuda por rescate, señor de Guindos). El 16 de enero de 1936, el papa Pacelli le nombró Doctor de la Iglesia. En Garafía, en la cornisa noroeste de La Palma, tiene ermita propia y una fiesta, de multitudinaria asistencia, con folclore y feria de ganado. Hace un par de años, hablaba con un sacerdote amigo del querido y disputado santo y un paisano conocido, vaso de vino en mano, nos cortó con energía y buen modo: “Digan ustedes lo que quieran, pero San Antonio es de Garafía, del Monte. ¿Es qué todavía no lo saben?”. Y no dejaba de tener razón el buen hombre que, en un momento dado, se acercó a la procesión y tomó el relevo de un cargador. No estaría mal con la que cae, extender las rogativas más allá de su onomástica.