mirada sobre áfrica>

Audacia y gestores> Juan Carlos Acosta

Las evidencias del desarrollo global de los países africanos son a estas alturas abrumadoras. Así, el último informe de previsión semestral del Fondo Monetario Internacional apunta a que las regiones subsaharianas están creciendo este año a cotas medias del 5,4% de sus PIB y a que caerán tan sólo una décima el próximo ejercicio para quedarse en el 5,3%, con lo que se confirma la resistencia del continente negro a la desaceleración europea que nos constriñe a los españoles a un presente crítico, un panorama que en el caso de Canarias se agrava con cifras de paro estratosféricas y nubarrones para un porvenir marcado por la carestía de los transportes y una regresión brutal de los fondos tantos estatales como comunitarios.

Mientras nuestras autoridades y economistas rebuscan debajo de las alfombras para encontrar signos de recuperación o las causas reales de la gran recesión de los mercados occidentales, con diatribas interminables, contradicciones o sentencias hilarantes, lo cierto es que el resto del planeta continúa avanzando de tal forma que las finanzas y los sistemas señeros de las mercadotecnias parecen estar pivotando, hasta el punto de que pronto puede que no haya paraguas para hegemonías de ningún tipo en cuanto a fronteras e intereses cautivos se refiere.

El inicio de la secuencia de un nuevo orden mundial, que cabría situarlo paradójicamente tras la caída del Muro de Berlín, a finales de 1989, y que marcó el principio del fin de los regímenes comunistas enquistados, dio paso poco después a la rebelión de las potencias emergentes, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que copiaron el modelo neoliberal dominante que atenazaba con sus monopolios sus anquilosadas industrias y que supuso, a la postre, sus despegues y el verdadero derrumbamiento de las murallas productivas del planeta. Eso sí, mientras hemos seguido tratando de interpretarlo, se sumaron los llamados “tigres asiáticos” y la inminente primera economía, China, se afianzó y nos inundó a todos con sus productos baratos pero de creciente calidad. Claro que para mantener esa formidable expansión, el gigante amarillo se nutre de recursos naturales y petróleo en África para cubrir un tercio de su demanda total, unos diez millones de barriles diarios.

Atrás quedan ahora las consideraciones morales de pega sobre el comercio -que también es cultura- con el continente vecino porque, además, la alternativa oriental ha demostrado que el subdesarrollo no se combate con ayudas que naufragan en las políticas trasnochadas de la cooperación, sino también con la inversión directa y los negocios de ida y vuelta, que son los que contribuyen a hacer prosperar a las capas sociales de unas civilizaciones primitivas, marginadas y empobrecidas.

En todo este movimiento de grandes masas económicas del mundo, Canarias se encuentra ubicada en un lugar estratégicamente privilegiado, frente a Marruecos, un país que acumula el 52% de las inversiones españolas en África, y en el arco de unos 300 millones de consumidores. Es el momento de evaluar si nuestra seguridad jurídica, infraestructuras portuarias y aeroportuarias o industria turística de sol y playa rentabilizarían más puestas al servicio de un proyecto de futuro, exclusivo y diferenciado como cruce de intereses multinacionales e intercontinentales que de pretéritas inercias desfasadas. Pero para eso hacen falta audacia y buenos gestores.