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Crepúsculo en la ciudad > Jorge Bethencourt

Desde hace muchos años, Santa Cruz ha soslayado de todas las maneras posibles la posibilidad de enfrentarse cara a cara con su realidad. El modelo comercial portuario y de servicios administrativos, que le hizo ser próspera en su adolescencia, se ha vuelto obsoleto. El mundo cambió mientras la capital, cómodamente ensimismada, no se enteraba.

La capitalidad financiera de nuestra Isla se ha desplazado hacia el Sur. Es allí donde se ha producido la eclosión económica, donde se ha desplegado una frenética actividad comercial y donde se han destinado grandes obras de infraestructura. La capital política y administrativa sigue cumpliendo su función, pero su modelo exhibe desde hace tiempos síntomas inequívocos de agotamiento terminal. El puerto de la Luz y de Las Palmas ha ganado, merecidamente, la pugna por convertirse en un centro logístico, conquistando la mayoría de los tráficos comerciales. El puerto de Tenerife ha optado por la estrategia de captar el tránsito de los grandes cruceros turísticos, operando en otro nicho de mercado complementario. Pero el puerto no se pensó para el turismo y la ciudad tampoco. Y como no ha existido una reconversión, mal se vende al turismo una ciudad que saluda con la postal de una refinería y un puerto que acumula tinglados, oficinas y mausoleos de pasadas glorias comerciales.

Los enfrentamientos por el poder político en Santa Cruz son un fin que se agota en sí mismo. La gente que quiere mandar en la ciudad, algunos desde dentro del Ayuntamiento y algunos desde fuera, no tiene ninguna relevancia a los efectos del futuro de la capital. Porque la solución al gran problema de Santa Cruz ni siquiera está planteada como debate. Hace años que se evita por incómoda. Porque el tren pasó por delante de nuestras narices y nadie lo vio cruzar.

El máximo esplendor de las neuronas municipales llega a anunciar la peregrina obligación de que los vecinos de esta ciudad dormitorio pongan doble cristal en sus ventanas, para poder llevar el ocio a las mortecinas calles. Arreglaron los barrios, les pusieron aceras y farolas. Hicieron algunos nuevos y espléndidos edificios. Un túnel. Más carreteras exteriores. Vino El Corte Inglés y urbanizaron Los Llanos… Pero la capital siguió fiel a su destino, languideciendo en el crepúsculo de un sistema de vida de los años 50. Ignorando el turismo. Santa Cruz será como esas ciudades de medianías que se quedaron colgadas de la higuera mientras los pueblos de la costa ganaban el futuro. Pero eso sí, con doble cristal en las ventanas, para que no entre el ruido del silencio.

Twitter @JLBethencourt