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La resultante de un Gobierno desbordado por los acontecimientos y una opinión pública perpleja es algo parecido a la resignación. Las jornadas que acabamos de vivir, a cual más negra, de algún modo han venido a convalidar ese discurso del Gobierno, por suerte ya corregido, que miraba hacia Europa como si esperase de ella el santo advenimiento, como si la Unión Europea estuviese obligada a hacer algo por nosotros porque nosotros ya habíamos hecho todo lo que teníamos que hacer.

El miércoles pasado Bruselas nos desengañó sin miramientos. De sus “recomendaciones” se desprende que España necesita mejorar. Y se desprende también que no hemos dado suficientes motivos para superar la desconfianza de los mercados en el funcionamiento de la economía. Es la respuesta a la pregunta retórica que en estas dos últimas semanas se ha reiterado en ámbitos mediáticos y políticos de nuestro país: “¿Qué más podemos hacer?”

A juzgar por ese catálogo de recomendaciones todavía queda mucho por hacer. Entre otras cosas, subir la fiscalidad indirecta, sobre todo el IVA, en el que España tiene un amplio margen para equipararse a los países de su entorno en la aplicación de este impuesto, aunque Rajoy y Montoro se hayan quedado roncos de decir que no piensan subirlo. Y además apresurarnos a aplicar la jubilación a los 67 años, bajar las cotizaciones sociales a los empresarios y algunas cosas más.

Las recomendaciones también dedican un turno a señalar lo que hemos hecho mal. Por ejemplo, subir el IRPF, reimplantar la desgravación por compra de vivienda que Zapatero había suprimido y seguir dejando para mañana la mejora de nuestro sistema tributario. Por otro lado, y aunque nos sorprenda, la UE nos ha venido a decir que la reforma financiera (cuarto intento) es insuficiente, que hay que ir más allá, y que también nos hemos quedado cortos en la controvertida reforma laboral.

Si además la marcha de la bolsa y la prima de riesgo nos recuerdan a diario que se mantiene la desconfianza exterior en nuestros dos principales agujeros negros, la banca y el gasto de las regiones, se entiende que algo parecido al desaliento se esté empezando a apoderar del estado de ánimo de los españoles. No hace falta que entiendan demasiado de economía. Saben lo justo para angustiarse aunque ignoren las diferencias técnicas entre rescate e intervención. No hace falta haber estudiado en Harvard para entender que el rescate viene a ser como una ayuda internacional de supervivencia. Es decir, un préstamo masivo de dinero sin el cual estaríamos abocados a la quiebra. Lo de la intervención es peor. Una especie de golpe de Estado blando por nuestro bien y, por supuesto, con nuestra conformidad. La disconformidad supondría elegir el hundimiento. Así que asumir la intervención sería como aceptar el ofrecimiento del colega sobrio para que tome el volante del coche en el regreso a casa, so pena de estamparse en la primera curva después de salir de la discoteca.