DOMINGO CRISTIANO >

En el fango de la fe > Carmelo J. Pérez Hernández

He llegado a la conclusión de que, en líneas generales, nos revolcamos en el fango de la fe en lugar de experimentarla como el acontecimiento más liberador, gratificante y definitivo. Echemos un vistazo sincero a nuestras comunidades parroquiales, tan iguales a las del resto del mundo. Digamos lo que vemos y no lo que nos gustaría ver. Abundan la monotonía, el cumplimiento, la moral de mínimos, los excelentes planes de pastoral que se difuminan entre la niebla del día a día, la multitud de respuestas que no encuentran quienes se hagan una pregunta…

No es una crítica a nada ni a nadie. Es una constatación sincera del desvalimiento que agentes de pastoral y consagrados pueden padecer bajo la tentación de terminar pensando que el mundo vive al margen de las íntimas verdades a las que han consagrado su vida. Es desolador intuir que la mayoría de hermanos y hermanas apenas han llegado a olfatear la profundidad del misterio de Dios, no digamos ya de la Iglesia. Esto me viene a la mente ante la hondura de este día, en el que celebramos a la Santísima Trinidad. Mejor no preguntar demasiado para no terminar abrumados sobre las barbaridades que podemos llegar a escuchar, más allá de las definiciones formales del dogma.

Y resulta que Dios es así. Y que en esta experiencia de Dios nos estamos jugando todo lo que somos, lo que creemos y nuestra manera de afrontar la vida. Empero, no seamos pesimistas. La palabra de Dios que hoy proclamamos en nuestros templos nos vuelve a dar la clave para afrontar el reto de anunciar a Dios y que nuestra proclama no quede arrinconada en un mar de ofertas, sino que se inyecte en vena del que esté bien dispuesto, la mayoría.

“¡Pregunta, pregunta!”, nos invita hoy el libro del Deuteronomio. Ésa es la tarea: preguntemos a los hombres y mujeres con quienes vivimos sus razones para esperar en el mañana, hagámonos la pregunta a nosotros mismos, convirtamos nuestras comunidades en una pregunta. Hablemos, preguntemos y pongamos en crisis los proyectos de papel con que nos alimentamos, las esperanzas light, religiosidades descafeinadas, que ocultan el rostro de Dios. No temamos que se tambalee el edificio de nuestras falsas seguridades porque hay razones para despertar y celebrar. “¿Algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso?”. Habla de nosotros y de nuestro Dios. Por nosotros comenzó a rotar el universo, para darnos cobijo y dotarnos de oídos para escuchar y de ojos para ver. Esta historia, en la se involucra Dios entero, en sus tres personas, se puso en marcha un día para darnos no sólo la existencia, sino la profundidad que se precisa para vivir del acontecimiento único que es haber sido llamados a ser amigos íntimos del creador. “Reconoce y medita que él es el único Dios”, se concluye. Y ahí es donde damos el salto desde las costumbres religiosas a una relación personal y certera con Dios. Lamento la soledad en la que imagino a quienes no tienen fe, pero en ese momento, cuando se aprende a decir con todo el cuerpo “Señor mío y Dios mío”, es entonces cuando se empieza a vivir de verdad. Ésa es la tarea. En cada una de nuestras comunidades hay ejemplos suficientes como para estar seguros de que no somos cómplices de una gran mentira, sino testigos de una revolución.

@karmelojph