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Esclavos de la tecnología > Luis Alemany

Intenté cargar el teléfono móvil en uno de esos aparatos, instalados en los establecimientos comerciales de las compañías telefónicas, introduciendo un billete en la ranura (el Cuarteto Cedrón pedía -hará 40 años- meter 20 centavos: todo ha subido), con el desdichado avatar de que el aparato se había estropeado: ante lo cual le solicité a la encargada del local que lo hiciera ella personalmente (es decir -con todo respeto para la muchacha- por tracción animal), y cuál no fue mi sorpresa al escuchar su respuesta de que no podía hacerlo; porque uno, en su profunda ignorancia cibernética (cinegética, le dije una vez a Chela, ayudado por Johnnie Walker) pensaba que, a pesar de la instalación de esas nuevas máquinas cargadoras -de alta tecnología- persistía el recurso (ante accidentes como ése) de acudir al ordenador, como se hacía antes; de la misma manera que cuando se estropea la aspiradora se puede recurrir a la escoba: pero, por lo visto, no. No puede uno por menos de considerar sumamente angustiosa esta superlativa dependencia tecnológica en la que la Humanidad se ha empeñado en incurrir, no sólo delegando cada vez más funciones necesarias a las máquinas, sino (y eso resulta -al menos para uno- más angustioso), concediéndoles progresivamente la capacidad decisoria que las capacita para regir nuestra vida cotidiana, nuestra vida social, nuestra vida política y -en definitiva- nuestros destinos: unos monstruosos demiurgos advenedizos que los científicos crearon -en su momento- pensando que iban a tenerlos a su servicio, sin saber que, en muy escasas generaciones tecnológicas, se iban a invertir los términos; de tal manera que la Humanidad depende estrictamente de esa tecnología de tercera o cuarta generación, que corrige a los nietos humanos de sus creadores, reivindicando su imprescindibilidad.

Tal vez resultaría un tanto demagógico (aunque no del todo incierto) establecer un cierto paralelismo entre esta circunstancia dictatorial -cada vez más acuciante- de la tecnología, y la dictadura económica bancaria que exige soslayar la crisis política europea, extendiendo impertérritamente la mendicante mano que (una vez llena por los arruinados contribuyentes) les permitirá sostener a sus gobernantes, y seguir explotando a placer a sus gobernados; porque -tanto en un caso como en otro- crear monstruos es arriesgarse a ser devorados por ellos.