mirada sobre áfrica > Juan Carlos Acosta

Hasta pronto M. N’Dour > Juan Carlos Acosta

Estuvo usted, Youssou, unas horas el pasado martes en Tenerife, una isla de esta comunidad de Canarias que tiende a pensar que la cercanía a su país, Senegal, y a África en general es más un lastre que una oportunidad. Recaló usted en un Archipiélago que parece no creerse que su futuro pasa inevitablemente por el continente vecino y por su tierra, la nación del wolof y la teranga, esa hospitalidad universal de la que nosotros, los canarios, también hacemos gala en nuestras tradiciones.

Vino usted a una región atravesada por el océano una y otra vez en toda su extensión, heroica y erguida entre las olas, atemorizada por su lejanía a una Europa que nos envía millones de visitantes y confusa ante un crisol de razas y costumbres que relegan su espíritu antiguo casi exclusivamente a las leyendas de los guanches, nuestros antepasados, y no a los atardeceres del Sahara inmediato, a la magia de los desiertos mauritanos, a los aromas de las ricas huertas de Sus-Masa-Draa, a las mornas caboverdianas o a los ritmos trepidantes y alegres del m’balax.

Así que no tuvo tiempo suficiente para explicarle a los isleños, con su sensibilidad y creatividad tan celebrada en todo el mundo, que su pueblo camina con paso firme hacia el porvenir y que se rebela contra las verdades a medias, que mantiene un orgullo ancestral basado en la familia y en la integridad del grupo, que acoge a aquél que llega con respeto y que acaba de escribir una de las páginas más relevantes de su historia, como ejemplo de democracia y madurez cívica para el resto de los 53 estados que componen su -nuestro- continente.

Me hubiera gustado que nos contara cómo progresan sus paisanos, a pesar de estar fuera de los circuitos de los grandes monopolios internacionales, y por qué llegan desde todos los rincones del planeta productos, empresarios y trabajadores lejanos que inundan sus ciudades y aldeas. También que nos aclarara cómo combaten las influencias depredadoras de las antiguas metrópolis y combinan la pobreza recurrente que azota secularmente a muchas comunidades africanas con la sonrisa blanca y la alegría de vivir que contagia el vacío de esas fronteras artificiales impuestas por los extranjeros. Puede que hubiera podido decirnos por qué guardan ustedes tanta consideración al don de la palabra, al saludo ceremonioso y a los sentimientos de los niños, o por qué continúan venerando a los mayores y los colman de atenciones. Seguro que al final hasta nos habría expresado cuáles han sido sus reflexiones para dejar en la cuneta su brillante carrera musical y luchar en las calles junto a sus hermanos por una sociedad más justa y equilibrada.

Deseaba usted en su canción más célebre, 7 Seconds, que las puertas estuvieran completamente abiertas a los amigos para hablar de dolores y alegrías, para crecer juntos y para que los que nacen no tengan ningún temor por la piel en la que están viviendo. Y precisamente por eso, monsieur N’Dour, yo le despido hasta su próxima visita, no ya como flamante ministro de Turismo y Cultura del Gobierno de Senegal, ni siquiera como el gran artista que es, sino como un amigo y un compañero del camino. Espero que entonces pueda estrechar las manos y los lazos de mi pueblo, que paradójicamente se pierden en los muy pocos kilómetros que separan nuestros respectivos hogares. Ba tan yi, Youssou.