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Implosión > Alfonso González Jerez

Sostengo firmemente que a las élites del poder político español -y del canario- les ha arrebatado la atracción al abismo. Si no es así, no me lo explico. La recesión económica escapa absolutamente al control del Gobierno. Ya lo han podido leer ustedes: el déficit del Estado (el de la administración central, al que habría que sumar el de las comunidades autonómicas) se ha disparado en los cinco primeros meses hasta el 3,4%, que es, justamente, la cifra con la que se pensaba cerrar el año. Los más prudentes hablan de un 7,4% a finales de 2012, es decir, dos puntos porcentuales por encima del compromiso adquirido con la Unión Europea. La credibilidad del Gobierno y las instituciones públicas españolas ha quedado pulverizada y sin haber sido aprobados los presupuestos generales de 2012 (alucinante) y mientras se diseñan a uña de caballo cojo los del 2013, Mariano Rajoy nos reserva julio para un conjunto de medidas infernales: incremento del IVA, creación de otras tasas fiscales, disminución a un año como máximo del subsidio del desempleo, medicamentos excluidos del pago por la Seguridad Social, cobro por recetas y estancias hospitalarias, despido a mansalva de laborales e interinos. Pocos dudan que se procederá a otra amputación frankensteniana de las cuentas públicas: entre 6.000 y 8.000 millones de euros. Lo manda la contención mesiánica del déficit y las condiciones implícitas del contrato-memorando para el rescate del sistema bancario español: una operación de enorme complejidad técnica sobre cuyo feliz resultado, en vista de las chapuzas cometidas anteriormente, caben dudas muy razonables.

En Canarias la oposición del PP se dedica a afear el costo de los viajes del presidente del Gobierno (ignoro la gama de cosméticos que usa Asier Antona para evitar la licuefacción de su jeta: quizás se la faciliten Rita Martín y Hernández Bento) y el presidente del Gobierno, refugiado en su realidad paralela, sigue peroratando sobre la creación de decenas de miles de puestos de trabajo gracias a la rehabilitación de la planta hotelera. Vivimos una situación de emergencia social que se agravará extraordinariamente en los próximos meses, y como ocurrió durante la Gran Recesión, la prudencia señala la perentoria necesidad de articular un plan especial para la muchedumbre de ciudadanos a los que faltarán recursos básicos y caerán por el precipicio de la exclusión social: ampliación de los bancos de alimentos, multiplicación de los comedores sociales, estímulos a una microeconomía de intercambio. Un plan global y regional de emergencia que debería coordinarse entre administraciones públicas y organizaciones no gubernamentales, tocando en la puerta, con luz y taquígrafos, a las veinte empresas mayores del Archipiélago. La implosión de la cohesión social -que es un valor político y cívico, pero también una condición de progreso económico- ya no es un riesgo, sino una peligrosa realidad.

@AlfonsoGonzlezJ