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¿Incompetencia?

POR LEOCADIO J. MARTÍN BORGES *

Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”.
Bertrand Russell (1951)

Las personas tendemos a mantener una visión favorable de nuestra propia competencia. Esto ocurre a cualquier nivel, social o intelectual. Según David Dunning y Justin Kruger, en un estudio realizado en el año 1999, cuando alguien es incompetente en una determinada área o sector, experimenta un doble sesgo, no solo llega a conclusiones erróneas y toma decisiones equivocadas, sino que su incompetencia le priva de la capacidad de darse cuenta de ello.

Los autores anteriormente citados llevaron a cabo una serie de estudios en los que se observó que aquellos participantes que puntuaban bajo (12%) en pruebas gramaticales, de humor o de lógica, sobreestimaban su puntuación y se consideraban muy por encima de la media (62%). Este fenómeno se conoce como el efecto Dunning-Kruger.

Los análisis mostraron la asociación entre esta falta de autopercepción con la poca capacidad de estimar los propios resultados; en general, la incapacidad de distinguir acierto y error. Paradójicamente, incrementar estas habilidades y competencias ayudaba a los sujetos a reconocer sus limitaciones.

En esencia, podemos decir que las habilidades que propician la competencia en una área particular son las mismas habilidades que son necesarias para evaluar la competencia en esa misma área, la propia o la de cualquier otra persona. Debido a esto, los individuos incompetentes carecen de lo que los psicólogos cognitivos denominan metacognición.

Este término se refiere aquí a la habilidad para saber cómo estamos desempeñando una determinada labor, si estamos siendo precisos en nuestro juicio o cuando estamos cometiendo un error.

En un estudio llevado a cabo recientemente se apuntan otras posibles explicaciones a la precisión con la cual nos autoevaluamos. Según los autores del mismo, esta habilidad tiene más que ver con un efecto que funciona en los dos sentidos. Aquellas personas que tienen un nivel de competencia muy inferior o muy superior a la media tienden a realizar autoevaluaciones menos precisas. Los incompetentes no se ven como tales y los muy competentes tampoco creen serlo tanto.

Las consecuencias de estos errores de autopercepción desde un plano académico no parecen preocupantes. Pero, ¿qué pasa cuando alguien que ostenta poder se siente incompetente? Puede ocurrir que decida intentar comprender cuáles son sus errores y corregirlos para mejorar sus desempeños. O algo, desgraciadamente más habitual, puede decidir ignorar su incompetencia, endosándosela a aquellos que trabajan con él o con ella, a menudo con formas airadas, cuando no agresivas.

Esto es, precisamente, lo que sugiere un estudio publicado en la revista Psychological Science. Los investigadores se plantean si la carencia percibida de competencia “dispara” mecanismos agresivos. El poder incrementa el grado en que las personas creen que deben ser competentes, para cumplir las expectativas puestas sobre ellos y defender su posición. Si alguien con poder piensa que no es competente, cualquier amenaza cualificada por parte de otro, especialmente un subordinado, puede desencadenar una reacción agresiva.

El estudio también sugiere que, de alguna forma, el poder incrementa la autocrítica sobre la propia competencia. Esto, que en principio es muy positivo, puede derivar en sensaciones paranoides que provocan que el sujeto desplace su foco hacia sus propios subordinados, sintiéndose amenazado o amenazada por ellos.

La relación entre competencia y poder es bidireccional. La lógica nos dice que, a mayor competencia, mayor poder. Pero lo cierto es que, en muchas ocasiones, esto no es cierto. Personas que súbitamente se ven con poder, infieren que su competencia va aparejada. A medida que tienen que ponerla a prueba van comprobando que esta regla de tres no es así. Y se enfadan. Al hacerlo sienten que recuperan el poder e, ilusoriamente, la competencia.

De esta forma se enredan en un círculo vicioso que provoca un progresivo deterioro de las relaciones y del desempeño. Nadie va a discutir su competencia porque tienen el poder.

Una mejor respuesta que el enfado (y más adaptativa), es el reconocimiento de todo el proceso. Comprendiendo que estamos siendo incompetentes, podemos intentar solucionarlo o, lo que consolida más nuestro liderazgo, asignarlo a quien creemos más competente en nuestro equipo. De esta forma, nuestra posición de poder se entenderá como una competencia y no como una imposición.

Lo cierto es que a nadie le agrada que se cuestione nuestra competencia en algo. Y, a medida que nuestra visibilidad es mayor, más sentimos que se nuestras capacidades se están poniendo en tela de juicio.
De hecho, no nos gusta cometer errores. Inevitablemente, pensamos que esto implica una merma de nuestra credibilidad, en cualquier campo. Esto puede llevarnos a defender argumentos que conscientemente sabemos erróneos, con tal de no sentirnos cuestionados.

Sin embargo, la mayor parte de los estudios publicados hasta la fecha muestran que son precisamente las personas más competentes las que más errores cometen, bien sea por cansancio, aburrimiento o falta de atención. Sus errores no ocurren porque no sepan lo que están haciendo.

*Psicólogo | www.leocadiomartin.com | @LeocadioMartin | www.facebook.com/LeocadioMartinCambiate