La élite perdida > José David Santos

La universidad y el sector educativo en general han salido a las calles a reclamar una mejor enseñanza, que no se elimine o merme el sistema de becas, que no se aumentan las tasas académicas, que no se despida a profesores, que se fomente lo público y que se apueste por una formación, también en general, de mayor calidad. Las banderas han ondeado y las consignas se han coreado conformando un batiburrillo ideológico que, en el fondo, es lo de menos. Y eso es lo preocupante. A mi juicio, si en estos momentos se decidiera, de verdad, cambiar el sistema educativo sin aristas políticas, con una fórmula mágica que diluya los errores del pasado y el presente y potencie las virtudes de nuestros jóvenes, pasaría más de una generación antes de que se vieran los, con suerte positivos, resultados. Y es que en esto momentos estamos asistiendo a las consecuencias de un sistema educativo que lleva pecando -por acción y omisión- de buenismo, de satanización de lo meritocrático y de haber entendido la igualdad de oportunidades como la rebaja de la exigencia académica (Tony Judt lo explica con una genialidad y claridad que aturde en El refugio de la memoria, su obra póstuma, al mencionar la educación británica). En aras de hacer universal el acceso a los estudios superiores, se ha simplificado ese salto, se ha minusvalorado el esfuerzo y el hecho indudable de que no todos están llamados a ser abogados, ingenieros, historiadores o maestros. Las cualidades y las capacidades han dejado de ser vara de medir para convertirse, desde el recelo, en una especie de demonio propio de sistemas autoritarios. Además, se ha ridiculizado a aquellos que querían optar por una vía de formación ajena a esos estudios superiores; me refiero a la denostada, durante décadas, Formación Profesional; quizás una rama educativa que se ha cuidado más, por pura supervivencia, a la hora de exigir mayores esfuerzos a quienes ocupaban sus aulas y talleres. Ahora, la universidad -la de aquí y la de más allá- es un aula gigantesca a la que acuden miles de jóvenes no se sabe ya muy bien si a estudiar o a retrasar la incorporación al mundo laboral. Por supuesto, que cualquiera que lo desee debe tener la oportunidad de acceder a ella, pero no a cualquier precio. Las becas basadas en el mérito, en las calificaciones, en las capacidades también deben ser referencia más allá de los condicionantes económicos. Estamos creando miles de universitarios que, ya lo estamos viviendo, la sociedad no puede acoger desde el punto de vista laboral y se está perdiendo quizá a una generación completa de una élite (intelectual-académica) que debe existir. Lo vemos cada día con más frecuencia en nuestros políticos, economistas, empresarios, sindicalistas, etcétera. Sus capacidades están muy por debajo de sus responsabilidades. No hay élites. Y vamos a más.