EN MEMORIA DE MANUEl IGLESIAS >

Los años de la tinta > Jorge Bethencourt

El primer día que entré por aquella puerta todo era como tenía que ser. Como siempre había imaginado. Una sala en la que flotaba el humo de los cigarrillos y se escuchaba de fondo el ruido de las máquinas de escribir, los teletipos y las voces de una gente importante, los periodistas, que se gritaban de una mesa a la otra.

Yo era un jovencito con melena y zarcillo en la oreja que venía de correr por las calles de Madrid y trabajarse el bar de periodismo en la Complutense. No había montaña que no pudiera escalar o frontera que no pudiera cruzar. Y como es lógico estaba llamado a transformar el periodismo contemporáneo.

Empecé la transformación del mundo mundial ordenando fotos de papel en un archivo de estanterías metálicas donde las instantáneas de un trasplante de corazón estaban en la sección de carnes del apartado de Agricultura. Y luego corrigiendo kilómetros de teletipos de deportes. Allí cerca estaban los dioses. Los tipos importantes. Los que escribían de los políticos, los que se la jugaban con la censura, los que sabían de qué iba la cosa. Y de todos ellos, el mejor: Manolo Iglesias.

Los ascensos se lograban por la conjunción de suerte, méritos y años. Y a Manolo le costó lo suyo trepar por esa difícil escalera. Como a muchos otros, qué carajo. Antes era así. Pero después que se fuera Carlos Flo, creo recordar, se transformó en jefe de información Local, el ombligo informativo de la casa. Y entonces la estrella de Manolo comenzó a brillar de una forma permanente e inagotable. Delante de aquellas Olivetti puestas en carros o en la barra del Nilo, delante de la copa en la que acababan en largas conversaciones con Arturo o con Andrés o con aquel venezolano de cuyo nombre no logro acordarme nunca al que su mujer le tiró un zapato en medio de la redacción.

De aquella gente aprendimos los que vinimos después. Escuchando reverentemente sus charlas. Leyéndoles. Aguantando sus broncas. Viendo cómo te tachaban párrafos enteros de relleno, porque no se les escapaba ni una. Eran nuestros dioses. Luego crecimos. Y, como a los padres, empezamos a verles defectos. Y tuvimos broncas cara a cara, de tú a tú. Porque ya éramos mayores. Y habíamos aprendido.

Más de una vez hablamos de dejar escrita nuestra propia columna de despedida. La muerte era una cosa que le pasaba a otros, pero que ya empezaba a llamar a las puertas de algunos amigos cercanos. Nos veíamos poco. Cenizas y memorias. Memorias de cenizas. Incluso hablamos hace algún tiempo, con maldad incruenta, de algún experto en obituarios que siempre había tenido una última conversación con el que, habiéndose marchado, no podía desmentirle. Y nos reímos, claro.

Manolo murió en un hotel lejos de aquí. Demasiado joven todavía para mandarse a mudar. Pero así es Manolo. Un cabezota. Un periodista de raza. Aquel tipo de mirada brillante, escritura afilada e ironía inagotable. Aquel tipo, amigo, jefe e involuntario profesor del que tantos aprendimos tanto.

Entré en el viejo DIARIO DE AVISOS leyendo sus columnas. Y se ha ido como se van los buenos, dejando su última columna escrita. Como se van los de antes. Los duros. Los de la tinta. Los del papel. Los inolvidables.