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Manuel Iglesias > Luis Ortega

Un poeta marinero habló de la pena como de “la marea que viene y va pero nunca está ausente”. Esa definición se podía aplicar a la muerte que, inesperada e implacable, se cebó con un colega a la vieja usanza, que se formó en las ruidosas Olympias, de tipos borrosos a fuerza de uso, de un un diario vespertino que, como la inmensa mayoría de sus trabajadores, reposa en el vasto cementerio -no lo hay más grande- de la memoria. Fue una persona buena, correcta, afectuosa, que en el anticuado quehacer de trasnochados románticos, pícaros y curiosos, tuvo sitio, estilo propio y e innumerables amigos; un isleño que, con probada denominación de origen, que supo mirar más allá de las orillas, que despiden nuestro microcosmos, y sumar voluntades y valores, un ejercicio poco frecuente en esta tierra donde tocan el tambor. Desde que conocí la noticia, en un mediodía de amigos que nos costó planificar, la memoria volvió al casón del Águila, donde la Audiencia analiza las menguadas cuentas de las instituciones canarias, a la ruidosa redacción donde un heterogéneo grupo humano alimentaba las curiosidades informativas de una ciudad y una isla -¿será posible?- más viva y activa de la que hoy vivimos. Manolo, en los primeros tiempos y entre las múltiples labores que nos echaban a los jóvenes de entonces, llevaba una sección dedicada a los “deportes minoritarios” en aquella sábana entrañable que olía a tinta fresca y pringaba las manos de los lectores. Una noche, en un homenaje a don Víctor Zurita, celebrada en el entonces de moda Car de Tenerife, me dio una paliza memorable al ping-pong y, luego, en conversaciones puntuales me preguntó, sin descanso, por comidas y recetas de La Palma, porque la gastronomía fue otra de sus grandes vocaciones y “el más sabroso pretexto para viajar”, como me dijo en una ocasión en un aeropuerto americano, donde coincidimos con destinos diferentes. Escribo estas líneas ante un café sin pitillo -que, como manifestó en una ocasión otro culto gastrónomo, Jorge Víctor Sueiro- “eso no es café ni es nada”. Sí es pena, por ahí empezamos, vieja y sincera la pérdida de un amigo al que, casualmente, encontraba, de cuando en cuando, en un restaurante isleño o en un sitio remoto a donde le llevaba la necesidad de oxígeno -las islas son maravillosas para salir y retornar- y su insaciable curiosidad por todo, la pulsión que convierte a personas cualquiera en vendedores de aire y opiniones propias y ajenas. Adiós, Manolo.