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Mis amigos y esto > Jorge Bethencourt

La peña me tiene crucificado. Cuando hablo con mis amigos de toda la vida, de esos que tienen que mirar en Google para saber quién es el presidente del Gobierno, me acusan de que los periodistas nos hemos vuelto apocalípticos y que le estamos quitando a la gente las ganas de leer.

En realidad, ganas de leer siempre han tenido pocas. Mi peña, me refiero. Pero entiendo que encontrarse todos los días con una foto de esta triste realidad es deprimente. Mis amigos tienen ideas muy expeditivas de cómo resolver esta crisis. Hay problemas de dinero, ¿no? Pues ¿qué problema? Se imprime más dinero. Yo les intento explicar que bajo ese principio, Uganda podría convertirse en la primera potencia mundial sobre la base de ponerse a emitir moneda a mansalva. Que la moneda tiene un valor que guarda alguna relación con la producción de bienes y servicios de un país y que no es como en el Monopoly. Entonces me miran con mala leche y sueltan una palabra: “bancos”. Y me callo.

Hay una crisis que discurre por debajo de la otra crisis económica, como un río subterráneo bajo otro superficial. No tiene nada que ver con la falta de crédito, ni el capitalismo de casino, ni los problemas de los gobiernos por mantener el gasto público. Es una crisis de confianza, de fe, de credibilidad de todos los que pagan en todos los que mandan. Lo que han visto en los medios de comunicación, esa inacabable orgía de derroche, ha creado la sensación de que los responsables públicos son unos gestores irresponsables. De ahí que el fraude se haya legitimado como una respuesta social a quien no valora el dinero ganado con el sacrificio o el talento de los ciudadanos. Todo el mundo tiene su pequeña cuota de engaños. De trabajos sin factura. De escaqueos. Porque sencillamente les indigna que cuatrocientos cincuenta mil cargos públicos instalados en cientos de instituciones, colectivos como los partidos políticos, las patronales o los sindicatos, o sectores empresariales subvencionados por razones de clientelismo… toda esa nube de depredadores esté devorando gota a gota, impuesto sobre impuesto, la sangre del trabajo de los -cada día menos- que lo tienen.

Por eso la peña, cuando intento razonar algo con ciertas pretensiones de ecuanimidad me manda a freír chuchangas con tres palabras: “Mamones. Inútiles. Todos”. Esa es la otra foto de la realidad. La gente ya no cree en nadie. La gente está harta. La gente ya no quiere más palabras ni razones. Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos.

Twitter@JLBethencourt