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Pedro el galileo > Luis Ortega

Por la predilección de Jesús -que reconoció y perdonó las dudas y negaciones de Cefas, galileo de Betsaida y pescador del lago de Genesaret- Pedro dirigió la recién creada iglesia, animó a los fieles y convirtió a los paganos y, tras el Pentecostés, predicó con eficaz elocuencia el mensaje de amor y esperanza del rabino nazareno en varias lenguas. En su honor y, en la colina capitolina, donde, fue martirizado y enterrado, se construyó el primer y principal templo de la cristiandad. En nuestras islas contamos con varios templos dedicados a San Pedro, y con una variada iconografía que lo representa tanto como penitente como decano de los obispos de Roma, torturado y muerto durante la persecución de Nerón, pidió a sus verdugos que lo crucificaran cabeza abajo, “por no ser digno de morir como su Maestro”. Dentro de las innumerables imágenes del apóstol, evoco la tela que se custodia en Santa María del Pópolo, firmada por Michelangelo Merisi, el milanés que tomó el nombre de su ciudad (Caravaggio) y que abrió el arte hacia nuevos rumbos, más tensos y dramáticos y acuñó el tenebrismo donde profesaron ilustres seguidores. Pero también y, dentro de las sorpresas que emergen en las ciudades dormitorio de Madrid, de Fuente de Saz del Jarama -seis mil habitantes y cercano a Cobeña, Alapardo y Algente- nos queda la visión de una grandiosa iglesia, con aspecto exterior de fortaleza, iniciada en estilo gótico y concluida en el siglo XVI, dedicada al Pescador de almas, y de un grupo de viviendas de época que entornan el suntuoso inmueble, víctima de la barbarie de la Guerra Civil que arruinó su ajuar, pero respetó el espléndido retablo barroco, centrado por un lienzo de colosales proporciones, El martirio de San Pedro, fechado en 1655 y la mejor obra de Francisco Ricci (1614-1685), hijo del italiano Antonio, contratado por Federico Zuccaro como ayudante en la decoración del Real Monasterio de El Escorial. La crucifixión tiene un plano inferior donde se escenifica el dolor terreno de los seguidores del mártir y un remate celeste, donde en un rompimiento de nubes, los ángeles esperan el alma del jefe de la comunidad cristiana de Roma. Tratado por sus coetáneos y la crítica posterior, como un segundón, por la cantidad y calidad de sus colegas del barroco, vale la pena, en un tránsito sin prisa por la carretera de Burgos, la parada y el encuentro con una grandiosa composición que hace justicia a los extranjeros que, por exceso patriótico, hemos postergado incluso ante algunas mediocridades nacionales.