divulgación >

Perdidos en Arachka

FÁTIMA HERNÁNDEZ * | Santa Cruz de Tenerife

Nada hacía presagiar la amenaza que se cernía sobre la bahía, nada, cuando aquella mañana del Año del Señor de 1740, ellos, los primeros, llegaron despacio, aproximándose sigilosamente a la ensenada que acogía -con extraña quietud- la manada de vacas marinas que pacían sobre la vegetación del fondo -algas-, tranquilamente, en las aguas someras de aquellas islas, las más alejadas de las Aleutianas. A pesar del miedo que le paralizaba el cuerpo, el profesor G. Wilhelm Steller (eminente zoólogo, botánico, médico y explorador de origen alemán, aunque formado en la Academia de Ciencias de San Petersburgo) tomó raudo su cuaderno de notas y apresuradamente comenzó a realizar apuntes y hacer unos esperpénticos dibujos que deseó poder interpretar -correctamente- a su regreso, ¡si volvían algún día! ya que la expedición al mando del capitán Vitus Jonassen Bering estaba perdida en la isla de Arachka (más tarde llamada isla de Bering)-, sí, volver a su adorado San Petersburgo. Cuando años más tarde, atraídos por los detallados informes emitidos por el profesor Steller (finalmente sano y salvo), empezaron a llegar numerosos cazadores para tomar provisiones en aquellos recónditos lugares, no daban crédito a lo que veían sus ojos… Cientos, miles de animales marinos, en concreto unos mamíferos acuáticos pastaban tranquilamente en las bahías de algunas islas, las que conforman el cinturón que une Asia con América, allá, arriba, en la zona Ártica.

Fue tal la demanda de carne, grasa y pieles, unido a la docilidad de estos seres indefensos que no temían al hombre, de hecho se acercaban al verle llegar, que las matanzas fueron considerables. Hydrodamalis gigas, vaca marina del Ártico, así llamaron los científicos con posterioridad a uno de los Sirenios más grandes conocidos, el único que habitaba aguas frías, pudiendo alcanzar hasta nueve metros de largo y pesar hasta diez toneladas de peso, y que presentaba una cola ahorquillada como sus parientes los dugones. Dicen que extremadamente manso, se dejaba matar con facilidad, incluso permitía que le acariciase su potencial enemigo. Monógamos, Steller los describe como de costumbres sosegadas, carne sabrosa, piel extremadamente resistente, grasa abundante, incluso da nociones muy detalladas de cómo debe trocearse e incluso cocinarse. En los grupos familiares solían estar el macho, la hembra y hasta dos pequeños que no se separaban de sus progenitores. Los Sirenios son animales entrañables, mamíferos acuáticos estrictos que incluso paren a sus crías dentro del agua. Aunque morfológicamente se parecen a focas y morsas, curiosamente no tienen nada que ver con ellas ya que estas -como todos sabemos- salen del agua y son carnívoras; hallándose más emparentados desde el punto de vista evolutivo con los elefantes. De hecho son los únicos mamíferos acuáticos vegetarianos (se les conoce como vacas marinas, por su manera de pastar, pacer sobre la vegetación del fondo). Mansos y tranquilos, emiten unos curiosos sonidos, lo que unido a la forma, la postura que adoptan al amamantar a sus pequeños, alimentó años atrás la leyenda de que se trataba de Sirenas.

Leyendas que llevaban viajando a través de los siglos desde la Odisea, recuerden a Ulises y sus cuitas para evitar escuchar sus sonidos. Nada más lejos de la realidad. De hecho, estos animales han sido sometidos a cruentas matanzas para aprovechar su carne, grasa y piel de una consistencia extrema, un recurso de gran interés. Hoy en día se hallan protegidos. Cuando Ivan Popov (antiguo compañero de Steller) visita la zona, años después, encuentra solo una vaca marina y le da muerte. Nada se ha vuelto a saber de este coloso, pacífico y tranquilo animal, uno de los Sirenios más grandes que han existido. Menos de treinta años fueron suficientes para que Hydrodamalis gigas fuera extinguida.

*Conservadora de Biología Marina del Museo de la Naturaleza y El Hombre