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Rompecabezas europeo > Fernando Fernández

Rompecabezas por dos motivos. Porque la Unión Europea (UE) es hoy un puzzle con tantas piezas como estados miembros, en el que cada uno quiere ir a su aire. Y también, literalmente, porque ese puzzle, sin brújula ni liderazgo, podría a la postre hacer que algunos estados se rompan la crisma. En los 35 años que sigo de cerca el acontecer de la integración europea, nunca se había vivido una situación como la actual. Inmersos en la mayor de sus crisis y sin una hoja de ruta para salir de ella. Una grave crisis de sus instituciones en la que casi todos marchan con los papeles cambiados. Ver en esta semana que los dos máximos representantes de la Unión, el presidente del Consejo, el muy gris señor Van Rompuy, y el presidente de la Comisión Europea, genuino gobierno de la UE, el señor Durao Barroso, peregrinaban hasta Berlín para pergeñar con la canciller alemana, la señora Merkel, cómo salir del atolladero, es la demostración palmaria de esta pérdida de la institucionalidad sin la que la Unión puede llegar a convertirse en una gran frustración.

La UE no puede ser un directorio alemán. Sé muy bien que sin Alemania la UE simplemente no existiría. Pero hasta ahora siempre se han guardado las formas y ahora, en medio de la tormenta, hasta eso se ha perdido. Alguien ha dado la voz de alarma, un ¡sálvese quien pueda!, olvidando que la UE es una tarea de todos en la que todos se salvan o naufragan juntos. Aquí no habrá vencedores y vencidos, sino todos vencedores o todos derrotados, y en esta hora decisiva, para la UE ha llegado la hora de la política y de los liderazgos necesarios para adoptar decisiones tan difíciles como urgentes. Conocí y vi actuar de cerca al canciller Khol, primero, y a la señora Merkel, después. En los años previos a la adopción del euro, los ciudadanos alemanes en su mayoría eran renuentes a cambiar el sólido marco alemán por lo que entonces era solo un proyecto. El canciller se reunía frecuentemente con Mitterrand. Era sabido que cenaban a solas en Chez Ivonne, un modesto restaurante alsaciano cercano a la catedral, compartiendo en torno a una gran mesa redonda un codillo de cerdo con chucrut. Al día siguiente venía a la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo a reunirse con grupos de diputados de los partidos mayoritarios. Hablaba, explicaba y pedía ayuda. Recuerdo cómo repetía una y otra vez que “si ustedes, diputados europeos, no creen en el euro y no nos ayudan, ¿Quién va a creer y ayudarnos?” La adopción de la moneda común fue la culminación de un largo proceso de integración económica, pero, sobre todo, el resultado de una voluntad política. La señora Merkel desde el primer día me pareció muy diferente de un cercano y desbordante canciller que trasmitía fuerza y optimismo en todas sus intervenciones. Era tímida, parca en palabras, algo distante y los mismos diputados de la democracia cristiana alemana la veían escasa de liderazgo. Ahora se ha consolidado, pero se sabe que sus decisiones económicas se adoptan en un sanedrín compuesto por cinco sabios, a los que escucha casi religiosamente. El famoso Merkozy siempre me pareció una frivolidad periodística, pues el expresidente francés nunca dejó de jugar un papel vicariante de la canciller, algo que, probablemente, le costó su reelección en Francia.

Ahora, con el futuro del euro convertido en una incógnita que compromete el mismo futuro de la Unión, las decisiones exigen coraje político y no un dictamen de los expertos. Ahora, como hace ya una década, el euro y la UE reclaman la hora de la política.