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Violencia > Jorge Bethencourt

Estudio de televisión en Grecia. Varios representantes políticos debaten. Una mujer de mediana edad discute con un joven trajeado. Las voces suben de tono. Se gritan. Interviene entonces otra mujer, desde el extremo opuesto de la mesa. Dice algo. El joven fascista se levanta y le arroja un vaso de agua. Nadie reacciona. Sólo la mujer que está a su lado que le increpa y se levanta. El nazi de Amanecer Dorado la golpea tres veces y se marcha del estudio.

En nuestro país hemos sublimado la cultura del insulto. Cualquier indocumentado, lo suficientemente ocurrente, puede concitar la admiración del respetable público gritando de forma desaforada en un plató de televisión. Y lo que es peor, el miasma perverso de la pesca de audiencia ha invadido incluso el discurso de personas que, por formación y cargo, podrían instalarse en el intercambio sosegado de razones y argumentos.

A ese panal de rica miel, ese circo miserable, acuden las cien mil moscas que pululan por todos los rincones mediáticos de la galaxia de la televisión. Y cada día recogen la abundante cosecha del cardumen de gente cansada, parada, harta y sin esperanza, que se toman revancha de la angustia escuchando la cacofonía de los insultos, las descalificaciones y las amenazas.

Hay políticos que sostiene que el nuestro es un pueblo maduro. La madurez es el estadio anterior a la podredumbre. Habrán olvidado que este sosegado pueblo terminó de matarse entre sí hace poco más de setenta años. Tampoco es que sea una distancia sideral.

Por todos los rincones de la geografía española surgen voces que claman por el mantenimiento imposible de su statu quo. Y lo hacen, indignados, en el escenario de un país donde se suceden los escándalos financieros y el despilfarro del dinero público. Nadie quiere pagar en sus carnes pecados de los que se consideran ajenos. Ni los empleados públicos, ni los mineros, ni los trabajadores de astilleros, ni los de las fábricas de automóviles… ningún colectivo con capacidad de movilización va a permitir pasivamente recortes salariales, despidos o pérdida de subvenciones.

Existe una frontera muy tenue entre la violencia verbal y la agresión física. Hay violencia verbal en las calles. En el espejo amplificador de la televisión. Y en el ejemplo de las instituciones y partidos políticos, donde sólo se cultivan descalificaciones, insultos y acusaciones permanentes. Y la delgada línea roja que separa la pasión encolerizada de los actos apasionados se hace cada vez más estrecha. Tanto que ya empezamos a ver cómo se traspasa. Y sólo está empezando.

Twitter@JLBethencourt