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La afición es, a día de hoy, el mayor patrimonio del Tenerife. Si no el único. 20 días después de que el equipo blanquiazul se quedara sin su necesario ascenso a Segunda División es difícil encontrar argumentos para el optimismo. Sin embargo, hay 10.133,27 razones para creer en el futuro.

LA FIDELIDAD. El Tenerife convocó la temporada pasada un promedio de 10.133,27 aficionados en el Heliodoro durante sus más de 20 apariciones como local. Ya en la fase de ascenso -y en especial en el partido ante la Ponferradina- aparecieron los coleccionistas de acontecimientos y se incrementó la cifra, pero durante todo el curso las entradas rozaron o superaron los diez mil espectadores. Una cantidad de fieles comparable a la de algunos clubes de Primera División y que no se explica ni por el buen fútbol presenciado, ni por la seguridad de disfrutar de la victoria. El grupo dirigido sucesivamente por Calderón, Tébar y Medina rara vez cuajó encuentros notables y se dejó muchos más puntos de los que podría haber imaginado el analista más pesimista, pero siempre contó con el apoyo de la afición. Conservar ese patrimonio, que le otorga un carácter distintivo respecto al resto de competidores de la categoría, debe ser la máxima prioridad para la entidad. Y los primeros pasos para conseguirlo ya se han dado… aunque la campaña de abonos no genere, de momento, excesivo entusiasmo.

LA ILUSIÓN. 20 días después de recibir un mazazo como el sufrido ante la Ponferradina es imposible generar ilusión entre unos aficionados que, además, venían de padecer dos descensos consecutivos. Sin embargo, desde la entidad se han tomado algunas decisiones que parecen ir en el buen camino: las contrataciones de Quique Medina como director deportivo y de Álvaro Cervera como entrenador. Por conocimiento y por sentimiento. Y porque más allá de su saber futbolístico, que no se le discutiría a ningún otro preparador con el título acreditativo, también conocen las peculiaridades de una casa singular, de una afición exigente y de una Isla compleja. Porque ambos saben que el Tenerife, aunque milite en la Segunda División B, no es un equipo de Segunda División B. O al menos, no un equipo cualquiera. Ser conscientes de ambas circunstancias es el primer paso para luego poder manejarse con acierto en esta aparente contradicción, algo que el tándem Cordero-Calderón no supo hacer el curso pasado. La única pena es que por el camino se ha perdido un año.

PD: Suso Santana o Cristo Martín no son dos cracks. Si lo fueran, no jugarían en Segunda División B. Pero sí son dos fichajes que puede ser bien recibidos por los aficionados. Porque ayudan a darle un barniz de canariedad al equipo y porque, y esto es lo más importante, pueden ofrecer un notable rendimiento deportivo. Su contratación es otra buena decisión.