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Alejandro Casona> Luis Ortega

En Besullo, parroquia de Cangas del Narcea, nació Alejandro Rodríguez Álvarez (1903-1965) que, en el primer tercio del siglo XX y, con otros dos nombres eximios, Jardiel Poncela y García Lorca, renovó el anquilosado teatro de la anteguerra. Si Jardiel abrió una vía de humor surrealista -seguida luego por Mihura- y Lorca llevó las pasiones básicas a las tablas, dentro de una poesía poderosa, Casona,# ese fue su seudónimo, creó un género de ingenio y humor, aleación de realidad y sueño, de tono simbolista, perfecta carpintería en las situaciones y un lenguaje lírico y, a la par, eficaz. Maestro de escuela, seguidor y catequista de la Institución Libre de Enseñanza, su primera obra, El pájaro pinto, abrió una veintena de títulos donde aparecen dramas, comedias, farsas y juegos infantiles y argumentos que, con la colaboración de notables músicos, se convirtieron en óperas. En 1930 editó La flauta del sapo, primero de sus tres poemarios; dos años después y por la mágica prosa de Flor de leyendas, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y en 1934 y por La sirena varada, el Lope de Vega, que fue su espaldarazo definitivo y entró en el cuerpo selecto de su producción: Otra vez el diablo, La barca sin pescador, La casa de los siete balcones, La dama del alba, El caballero de las espuelas de oro, Corona de amor y muerte y, entre otras, Prohibido suicidarse en primavera, que ayer citamos. Comprometido con los ideales progresistas de la II República y protagonista de las Misiones Pedagógicas, tras la Guerra Civil marchó al exilio que tocó varios destinos americanos, ciudad de México, Montevideo, Bogotá y Buenos Aires, principalmente. Escritor profesional, cultivó el ensayo y trabajó como guionista para las principales productoras argentinas; llevó al cine algunas de sus comedidas más notables, pero también adaptó textos de Pérez Galdós, Ibsen, Chejov, clásicos españoles e ideas de directores que se fiaron de su oficio y de la inteligente belleza de sus diálogos. Regresó en 1962 y las carteleras madrileñas repusieron algunas de sus obras antiguas y los textos realizados en el exilio, con notable éxito de público y una crítica airada e injusta que, curtida en la propaganda, exigía al dramaturgo asturiano el teatro de denuncia que alentaba. Por mediación de Plácido Fernández Viagas, Casona se convirtió en el autor más representado en las décadas de los sesenta y setenta en La Palma, donde algunos descubrimos la calidad de su teatro y, aún hoy, reivindicamos su incuestionable protagonismo en el teatro español de entreguerras.