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Armas Marcelo, El Tanque y Tolstói > Olga Álvarez de Armas

Admiro a Juancho Armas Marcelo, paisano nuestro nacido allí enfrente y que vive en Madrid, no sólo porque yo admiro a la mayoría de mis amistades, sino porque ha logrado hacer con su vida lo que quiere incluso en estos momentos tremendos que nos están tocando vivir y en los que la mayoría solo hacemos lo que podemos.

Además de ser un excelente escritor, editado y traducido por esos mundos de Dios por donde él campa a la intemperie como Pedro por su casa, que es, por cierto, la casa enorme de los escritores de verdad, de los que saben escribir que no es poner palabras una detrás de la otra como creen muchos escribidores y demás escribientes…; es dominar la Lengua Española con toda su gran riqueza en el enorme “territorio de la Mancha” como lo llamaba Carlos Fuentes, es decir, en todos los países de habla hispana de cuya Real Academia, por cierto, la Hispanoamericana de las Ciencias, Artes y Letras, Juancho es miembro. Y es además un cronista brillante, informado, atrevido, divertido, mordaz muchas veces y, sobre todo, con muchas cosas que contar y que sabe contarlas como sólo lo sabe hacer un gran escritor o un gran periodista. Bueno, pues ahora decidió dejar con gran dolor de su corazón y del corazón del ABC -porque los periódicos también tienen su corazoncito que ahora mismo debe estar sangrando ante la situación presente y futura del periodismo escrito y de la información misma-, pues decía que Juancho, después de catorce años haciéndolo, dejó de escribir su excelente artículo para el Cultural del ABC sencillamente porque se va a hacer otra cosa que ahora le ilusiona más -además de continuar dirigiendo la Cátedra Vargas Llosa, que también está ya en Brasil, Portugal y Perú- y que es un proyecto de grandes vuelos en medio del cual él va a ser como un Ícaro redivivo y feliz. Es un enorme y fantástico proyecto de comunicación en el que participan varias empresas internacionales y nacionales que nada tienen que ver ni con la política ni con otros medios, que comenzará en unos meses y en el que Juancho va a tener la responsabilidad de todo lo cultural. No puedo contar más por ahora. Créanme que eso es así les guste o no a algunos. Y es que quienes están convencidos de que el mundo termina en la punta del muelle Norte no solo no tienen información ni, en consecuencia, rigor en lo que dicen sino que hacen una demostración permanente de ello diciendo cosas absurdas que, eso sí, le hace a Armas Marcelo una gracia -reconozco que en cambio a mí no tanta- que se pasa tres días a carcajada limpia cosa que siempre es muy saludable, sí. Ensancha los pulmones y nos relaja en estos tiempos en que ya no sabemos para qué lado volvernos.

Pero Juancho sí ha sabido para qué lado volverse aunque haya tenido que dejar su “a la intemperie” del Cultural del ABC. Lo siento mucho porque para mí como para muchísima gente ese artículo era la razón primera para comprar el ABC los sábados. Aunque no la única, todo hay que decirlo.

Me alegro mucho de sus triunfos -y del de todas mis amistades e incluso aunque no lo sean pero se lo merezcan por su trabajo bien hecho- entre los cuales el mayor, me parece a mí, es hacer con su vida lo que quiere. ¡Qué gustazo! Y es que alegrarse del bien ajeno es un ejercicio que nos hace mejores personas y por consiguiente más felices.

El Tanque

A mí me gusta el Espacio Cultural El Tanque. Cada vez que paso por allí me quedo contemplándolo, tan enorme y tan solo en medio de esa zona del nuevo Santa Cruz que pudo haber sido una preciosidad y que sin embargo es feísima. El Tanque tan antiguo rompe sin embargo con la vulgaridad aportando -qué curioso esto- modernidad, originalidad y la dignidad de su función última: colaborar en mostrar la cultura en sus múltiples facetas.

Una vez aclarado esto, les cuento que el pasado día 17 el periódico El País le dedicaba nada menos que dos páginas, algo poco menos que insólito en ese periódico a la inauguración en la Tate Modern de Londres del espacio The tanks (Los tanques), obra de los arquitectos Herzog & De Meuron conocidos nuestros como los autores que son del TEA. Una de las múltiples fotografías -¡qué bien comunicada está esa exposición The tanks!, una auténtica obra maestra- muestra el interior de un tanque de petróleo que muy bien podría ser el nuestro. Pero no lo es. Es uno de los tanques de la Tate Modern que se jacta de tener con ello el “primer” tanque de petróleo del mundo como un espacio dedicado exclusivamente a mostrar y almacenar arte, dice el periódico. Pues no. No es el primero.

No voy a discutir y desde luego cualquiera que me conozca sabe, y si no se los digo yo, que no tengo absolutamente nada que ver con el nacionalismo ni con nada que se le parezca; defiendo y hablo de lo que me parece a mí, lo haya hecho quien lo haya hecho. Digo, sencillamente, que esa obra de convertir un tanque de petróleo para dedicación exclusiva de mostrar y arte en todas sus versiones acaba de cumplir 15 años en Santa Cruz. Ayer se celebró su cumpleaños en su propio recinto. Es decir, está mucho antes de que Herzog & De Meuron vinieran a hacer el TEA. Y los autores de la rehabilitación fueron el Estudio AMP (Artengo, Menis y Pastrana), siendo director de la obra Fernando Menis. Lo de Londres tiene mucho más territorio y más tanques, sí, pero ha despertado el interés internacional (y las dos páginas de El País) por su “originalidad”. Pregunto: una vez ya está desde 1997 pagada su rehabilitación y declarado El Tanque este mismo año BIC (Bien de Interés Cultural) ¿Por qué después lo hemos vendido tan mal?

Tolstói y la felicidad

Leía el otro día un libro llamado Conversaciones y entrevistas con León Tolstói (Editorial Fórcola,Madrid) en el que se le pregunta al gran, al inmenso escritor ruso, sobre qué es la felicidad. Entre otras cosas dice:

“[…] ¡Pero quién le ha dicho que la civilización conduce a la felicidad! ¡Ajá, dicen, la civilización se desarrollará, empezarán a dar vueltas los coches, todos serán felices! ¿De dónde han sacado eso? No, nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad. ¿Acaso antes de nosotros no hubo civilizaciones? La egipcia, la babilónica, la asiria, la hebrea, la griega, la romana… ¿Dónde están? ¿Condujeron a la felicidad? ¡Todas sucumbieron, y lo mismo pasará con la nuestra!”

¿Estaremos nosotros viendo el fin de nuestra civilización? ¡Ojalá! Porque desde el punto de vista ético y moral esta “monstruosa civilización” que, como el Saturno pintado por Goya, devora a sus hijos, ya no puede caer más bajo.