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Cabreado e indignado> Leopoldo Fernández

No estuve en la manifestación del jueves en Santa Cruz de Tenerife, ciudad donde resido. No suelo acudir a reuniones públicas, ni firmo documentos reivindicativos de ningún tipo, porque estoy convencido de su inutilidad práctica. Sin embargo, me solidarizo con el espíritu de las protestas populares. A mí tampoco me gustan los recortes, ni los ajustes, ni la pérdida de derechos. Hay que ser muy masoquista, o tonto del bote, para aceptar sin inmutarse la privación de parte de salarios, pagas y derechos ganados en buena lid. Así que, estando afectado, como muchos ciudadanos, por las decisiones del Gobierno, expreso mi indignación, cabreo, malestar y desagrado por la que está cayendo desde hace unos cuantos meses; en concreto, desde mayo de 2010, cuando Zetapé, como san Pablo, cayó a tierra, en este caso, desde el caballo de la ilusión despilfarradora y se dio cuenta de que estaba arruinando al país y había que empezar a quitarle a la gente lo que con tanta alegría irresponsable le había regalado a lo largo de siete años. Desconozco si Rajoy se ha pasado de frenada al echarnos encima tantas cargas para remediar la situación; pero sé que, aunque el Gobierno se explique fatal y su presidente se esconda cuando debería dar la cara, no existen soluciones mágicas. España está en caída libre y las autoridades se ven impelidas a la adopción de medidas drásticas e impopulares. Tienen poco margen de maniobra y deben responder a las obligaciones que le imponen los socios de la UE: o sacrificios graves para salvar al país o mayores sufrimientos si cae al hoyo, con la consiguiente intervención de la troika comunitaria, lo que sería peor aún. Por eso me parece inaceptable que quienes han sido parte del actual desastre, es decir, políticos y sindicalistas, se pongan a la cabeza de las manifestaciones. Ellos, que viven del dinero de todos, de la prebenda consentida, de la ocultación de ingresos y del descontrol del gasto. Claro que hay excepciones, pero son eso: excepciones. Unos y otros exigen al Gobierno lo que no practican en su propia casa. Soportan la crisis mejor que nadie y prefieren que el pueblo no sepa la verdad…, o que la conozca condicionada por sus palabras. Saben que no podemos seguir como estamos y aun así persisten en reivindicaciones y demandas imposibles de atender. Saben que la recesión tiene al país contra las cuerdas, que no hay dinero, pero prefieren llevarnos al suicidio en vez de llamar a los ciudadanos a una cura de realismo, responsabilidad y esfuerzo para que, purgando nuestras culpas colectivas, podamos salvarnos todos.