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Credibilidad y confianza> Juan Henríquez

Cuando un político dice algo, o se pronuncia sobre un determinado asunto, se dice que tiene credibilidad o genera confianza en razón a sus propias convicciones y actitudes políticas públicamente conocidas. Pues bien, siguiendo esta teoría muy particular mía, son muy pocos los políticos (ambos sexos) que transmitan ambos valores a la ciudadanía. Es posible que alguien me llame la atención al generalizar sin contemplar las excepciones, y puede que tenga razón, pero, ahora mismo, y en un ejercicio de reflexión personal, no tengo ejemplo para poder matizar, y mire que lo siento de verdad, porque tengo muchos amigos y conocidos en la política activa.
La mentira es un signo inequívoco de pérdida de credibilidad y confianza en un político. Incluso la rectificación, que no la justificación, no resuelve absolutamente nada, aunque bien es verdad que el sistema de listas electorales cerradas permite la inclusión de personajes mentirosos, en algunos casos con el síndrome de compulsivos. Sostengo que la impunidad de la mentira en política tiene una notable correspondencia con el nivel cultural del país. Y lo peor, que la democracia no ha establecido mecanismos de corrección contra el mentiroso. Genuino representante español: Mariano Rajoy.

De los profesionales de la política diremos que son los más numerosos, son los que se profesionalizan en los cargos institucionales. Los hay que tejen su propio reino de taifa, bajo el control de gran parte del electorado local, a cambio de favores domésticos o de trabajo, y cuentan con lacayos que le hacen el trabajo sucio y especulativo. Son los virreyes insulares a los que los partidos, incluso los más progresistas, protegen por miedo a que se lleven el voto cautivo. Mienten como bellacos, pero la impunidad, no la que legalmente le ampara, sino por el poder personal que ocupa, les permite salir ilesos de cualquier acto inmoral y corrupto. El acreditado insular por méritos propios: Casimiro Curbelo.

Son menos que los mentirosos pero, si me apuras, diría que más peligrosos. Me refiero a los titiriteros o saltimbanquis de la política. Venden, traicionan y especulan con todo lo que se atreva a poner en peligro su carrera política. Pactan contigo, y piden el voto para el vecino. La demagogia es su principal herramienta para doblegar la fortaleza del adversario. Presumen de honestidad y justicia, pero jamás renuncian a los beneficios económicos que les aporta el cargo institucional. Se llevan una buena pasta en dietas y representaciones y, además, coincidiendo con su horario de trabajo. Representan a los donnadies de oscuras turbulencias políticas. Ejemplo local: José Manuel Corrales.

Hemos hablado de algunos ejemplares políticos, de los que degradan cada día la democracia, pero de una cosa estoy plenamente convencido: ninguno de ellos, y especies similares, ocuparían un cargo público de presentarse en listas abiertas. Son especialistas en tejer sus propios chiringuitos políticos, se deslizan entre chanchullos y traperías como pez en el agua. Tienen un nombre que llevan con honor: ¡caraduras!

juanguanche@telefonica.net