crónicas de verano>

De viajes y tascas> Olga Álvarez de Armas

Nos dicen en sus campañas publicitarias los que primero colaboraron en los enormes destrozos que se han hecho en nuestra Isla, tan enormes que a veces desconozco el paisaje de mi tierra; busco la belleza que tenía y no sé ya dónde estoy de tan horripilante que me parece lo que han hecho esos patriotas a los que solo les interesa el dinero, pues ahora nos dicen, digo, que no salgamos fuera este verano, que nos quedemos aquí “mirándonos el ombligo” (sic) para que gastemos el poco dinero que tenemos contemplando esos paisajes destruidos e irrecuperables. Qué desfachatez. No lo hagan. Si pueden salir, salgan. Miremos hacia otra parte; renovemos la mirada, recuperemos el buen gusto, disfrutemos de la belleza de otros lugares, que nos dará la serenidad y la templanza necesarias para seguir viviendo en medio de este tiempo tan sumamente complicado que nos ha tocado vivir. Necesitamos ver otras cosas y a otras gentes. Cambiar el chip, “renovarse o morir”, dijo Gabriele d’Annunzio. Pues sí, renovémonos.

Ya sé que son tiempos económicamente muy difíciles, pero los que hablan de que nos “miremos el ombligo” lo que en realidad están diciendo es que el poco dinero que tengamos lo gastemos aquí; no dicen que si nos quedamos vayamos a vivir gratis. Pues no, ahora toca que vengan los de fuera y disfruten de lo que hay (porque nunca vieron lo que había antes), y que los que estamos dentro salgamos fuera a refrescar la mirada y a descansar la cabeza. O sea, que puestos a gastar de todas las maneras miremos lo que hay al otro lado del mar. Por ejemplo la maravillosa exposición de Hopper en el Thyssen de Madrid, y un poco más allá la del expresionista alemán Kirchner en la Fundación Mapfre, y enfrente la de Rafael, en el Prado, y otro poco más allá el Reina Sofía de arte contemporáneo, la llamada milla de oro esplendorosa; o, sencillamente, pasear por la ciudad o por donde sea pero mirándolo todo y verán que miran otros ojos y sienten otros corazones y puede que noten también que el corazón les late más deprisa, no se preocupen: sólo es la emoción y hasta la conmoción que a algunas personas les produce la belleza y que se conoce como el síndrome de Stendhal, algo que padece mucha gente sin saberlo. Es una cuestión de hipersensibilidad, algo de origen psicosomático relacionado con la contemplación de la belleza. Se llama así porque el primero que lo detectó fue a Stendhal en su visita a Basílica de la Santa Cruz, en Florencia. Y pienso yo que seguramente también debió padecerlo Humboldt. Por eso dicen que cayó de rodillas al ver el Valle de La Orotava en junio de 1799 camino de Las Cañadas. Si lo ve ahora se cae también pero del patatús y de la indignación por el destrozo sin remedio que se hizo de aquella maravilla. En Madrid, que es lo que nos queda más cerca una vez hemos cogido el avión -de los que hay de varios precios-, han vuelto a resucitar los hostales (ver www.infohostal.com) muy baratos y muy buenos. Todo lo que hay que ver se hace caminando y si no se coge el metro. Y comer es más fácil aún, partiendo de que nada hay más barato que un bocadillo; hay menús baratísimos. Y luego regresan a la isla, a casita, y verán que vuelven con otra cara y otro ánimo. Y otra sabiduría. Carpe diem, dijo el poeta romano Horacio, que quiere decir “vive el día”, o sea, vive el momento, no lo malgastes. Pues eso.

Y si hablo de los horrores que se han cometido en nuestra tierra, también digo que hay, naturalmente, excepciones: una de ellas es La Laguna, que está preciosa. Vigilada de cerca por la Unesco y preciosa. Da gusto pasear por ella. Bueno, no hay sitio donde aparcar excepto en los de pago, pero a lo mejor es que hay que subir en tranvía o bajar en guagua. Vale, pues hagámoslo así. Lo malo malísimo es para los que viven en la ciudad que si no tienen aparcamiento propio no saben si es que hay que comerse el coche o aparcarlo en lo alto de San Roque… Pero La Laguna está preciosa. Ahora se ha convocado la V Ruta de la Tapa en sus 90 tascas, con motivo de San Benito. Me parece tan estupendo que mientras escribo esto pienso que además debería haber una ruta, vamos a llamarla así, de tabernas literarias, como siempre hubo en La Laguna. La ciudad es en sí misma profundamente literaria en todos los sentidos. Es decir, en el de la literatura y en de “lo literario”, que, siendo dos cosas distintas, son bastantes cercanas. Y ambas, para qué nos vamos a engañar, cercanísimas al vino. Luis Álvarez Cruz -mi padre, sí- escribió hace muchos años, en 1961, Las tabernas literarias de la isla, y no sólo no queda ningún libro de esos (acabo de encontrar ¡uno! en una librería antigua de Madrid), sino que tampoco queda ninguna taberna de las que él cita en La Laguna. Bueno, pues no estaría nada mal que se haga una ruta con las nuevas. No estarán Manuel Verdugo, ni Diego Crosa, ni Ramón Gil-Roldán, ni Hernández Amador, ni Ildefonso Maffiote ni tantos más… Pero siempre habrá otros porque la vida así es y así debe ser.