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En el 50 aniversario de la muerte del doctor Tomás Cerviá y en el centenario de los cabildos (y II) > Victoriano Ríos

Los siguientes años fueron ricos en iniciativas, sobre todo para profundizar en las posibles peculiaridades de la patología insular. Así, se creó la sección de Alergia, que dirigió el Doctor A. Capote, que en intima conexión con el profesor Jiménez Díaz y su cátedra de Madrid, pusieron en marcha una cámara climática, exenta de posibles alérgenos, para ir estudiando sus repercusiones, sobre todo en el asma bronquial, como en la reacciones dermatológicas, dirigidas por el Doctor Vivanco, con resultados muy orientadores sobre los diversos alérgenos existentes.

Otra sección que se puso en marcha para estudiar la patología tiroidea, fue la de Isótopos Radioactivos, bajo la dirección del Doctor C. Concepción, que fue un gran avance en el diagnostico de la malignidad de los nódulos tiroideos, muy numerosos en mujeres jóvenes.

Los contactos con Cátedras de Patología Medica peninsulares fueron muy frecuentes, sobre todo con las Facultades de Madrid, Navarra, Sevilla y Cádiz e, incluso, intercambios de información con cursos de formación y conferencias. Esta última Facultad distinguió a Cerviá con el nombramiento de Profesor Agregado de Patología General, por sus méritos y dedicación a la enseñanza. De su íntima relación con la Universidad de La Laguna, a través de su gran relación amistosa con su Rector, el profesor Antonio González, que era miembro directivo del Instituto, empezó a gestarse, con apoyo de las sucesivas Presidencias del Cabildo Insular, la posibilidad de la creación de una Facultad de Medicina en La Laguna, logro que se obtuvo años más tarde, pero que se debe, no tengo la menor duda, a la fuerza de la realidad del Instituto. Años mas tarde variadas patologías van siendo vencidas, pero otras surgen con fuerza demoledora. Entre las primeras, la que se atajan a través de la utilización de la estreptomicina, y entre las segundas, además de las propias del envejecimiento de la población, destaca el aumento de la frecuencia de procesos malignos, incluso en personas jóvenes.

Esto va obligando a que la actividad sanitaria mire hacia otros horizontes, sobre todo terapéuticos, con el advenimiento de la cobaltoterapia a través de la llamada bomba de cobalto. El Instituto no podía quedar al margen de estos modernos procedimientos y de acuerdo con la Asociación Española contra el Cáncer y el Cabildo Insular, y después de haber sido nombrado su Director Técnico, se empezó a utilizar en 1961, lo que le dio a la Institución un mayor grado de modernidad. Los doctores Mora y Rizo fueron quienes estaban al frente de la gestión de este adelanto.

A principios de 1962 tiene el Doctor Cerviá una crisis cardíaca, por lo que tuvo que disminuir su actividad, pues también llevaba la dirección del Sanatorio de Ofra (Hospital del Tórax), aunque tenía un gran colaborador, quizás su mejor discípulo, que le podía suplir en la Dirección, el Doctor Enrique González, recientemente fallecido. Pese a su dolencia, redujo escasamente su actividad, y recuerdo que en las vacaciones de Semana Santa de ese año -evoco la fecha porque casi todo el personal estaba de descanso- me enseñó un electrocardiograma, para compararlo con otro que también me mostró, preguntándome que evolución se veía entre ambos, sin indicarme que era el suyo. Lo sospeché y, al ver signos de aumento de la lesión miocárdica, le comenté que parecía que el proceso estaba estable, aunque los signos no lo indicaban; me miró y me dijo -nos tratábamos de usted, como era normal aquellos años-: “Ríos, qué mal miente usted.”. Él era consciente de su empeoramiento. Pasaron unos meses, falleciendo finalmente el 15 de julio.

Mirado ahora, 50 años después, su figura, como hombre, como médico y como maestro, se agiganta. Durante su dirección, entre 1955 y 1962, la Institución celebró más de 200 sesiones clínicas y publicó más de 40 tomos de trabajos, dejando otros 12 listos para su publicación.

Como ocurre después de la desaparición de un gran hombre con una obra muy personal, ésta languidece con mayor o menor rapidez, a pesar de los buenos deseos de su sucesor, Augusto Méndez de Lugo, cardiólogo y miembro nato desde la primera hora del Instituto.

Continuaron la asistencia y las sesiones clínicas, pero ya era otra cosa, sin la impronta de su fundador. Disminuyeron los colaboradores habituales y el interés de las sesiones clínicas, a pesar de la buena voluntad de su nuevo Director. Una gran cantidad de médicos se fueron preparando para la enseñanza y casi la totalidad de los nuevos profesores, que no procedieron de universidades peninsulares, sintieron la llamada de la docencia después de sus actividades docentes y clínicas aprendidas y vividas a la sombra del Doctor Cerviá, incorporándose posteriormente a la Facultad de Medicina y al Hospital Clínico Universitario.

Paralelamente, las conversaciones para la creación de la Facultad de Medicina avanzan, igual que la construcción del nuevo Hospital, que sería ubicado muy cerca del Sanatorio Antituberculoso, con el nombre ya de Clínico y Universitario y bajo el coste y soporte exclusivo del Cabildo, condición indispensable que exigió el Ministerio de Educación y que fue el colofón de la preocupación sanitaria de la Administración Insular, que no sólo costeó la construcción hospitalaria, sino su puesta en marcha, funcionamiento y mantenimiento con su elevado coste, hasta hace escasos años, que ha pasado a depender del Servicio Canario de Salud.

Deseo terminar recalcando que el IPT fue el precursor de la Facultad de Medicina y que sin él esta estructura universitaria se habría retrasado varias décadas. No he visto ni en la Facultad ni en el Hospital ninguna placa recordatoria de la existencia del IPT ni de la labor del Doctor Cerviá. Creo que con ocasión del centenario de la creación histórica de los Cabildos Insulares de Canarias (1912-2012), y de los 50 años de su fallecimiento, es una oportunidad para ello y también para destacar la gran vocación sanitaria que ha tenido el Cabildo Insular de Tenerife a través de sus Presidentes y Juntas Rectoras a lo largo de estos cien años, que han permitido a Tenerife estar a la cabeza de los avances científicos en el campo de la salud.