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Jacopo Robusti> Luis Ortega

Italia y, en particular, Venecia y Roma le debían un homenaje al único pintor renacentista al que, consciente o inconscientemente, se había ignorado hasta la fecha. Más conocido como Tintoretto (1519-1594), su obra se centró en la religión, la mitología y el retrato, que sirvió de enlace espléndido entre el devoto dramatismo de sus composiciones sacras y la atractiva sensualidad del hedonismo clásico, interpretado con auténtica fruición por el hijo de un tintorero veneciano, inspirado y prolífico icono del siglo áureo del arte italiano. Medio centenar de obras del mejor alumno de Tiziano cuelgan en las Escuderías del Quirinal hasta el próximo verano; en alguna se aprecia el poderoso influjo del pintor de cámara de Carlos V pero, en la mayoría, late la sinceridad de su arte, la coherencia de su carrera en busca constante del realismo absoluto, el crédito de una comunicación a partir de lo tangible, sin afeites ideales ni trucos de trampantojo.

El triunfo de este pintor que, para suerte nuestra dejó notables obras en España -El lavatorio, El rapto de Helena y la serie de las historias bíblicas que, junto a algunos retratos, se conservan en El Prado- traspasó su vida y se proyectó en artistas posteriores que valoraron al que su coetáneo, colega y crítico Giorgio Vasari llamó, por su poder de penetración en la realidad, “el más terrible cerebro que ha tenido jamás la pintura”. Compartió la grandilocuencia común a los maestros de la Escuela de Venecia -Tiziano, Veronés y él mismo- pero, a la vez, inserta elementos humildes o sugestiones de cotidianidad, que evitan la suntuosidad fácil y el exceso.

Impulsor del manierismo lo dirigió hacia derroteros creíbles a los que no podía distraer el virtuosismo. Museos de toda Europa colaboraron en el empeño de reunir, siquiera por un trimestre, las telas más ambiciosas como El milagro de los esclavos, pintado en 1548, antes de los treinta años, al que los críticos consideran su última obra, La deposición en el Sepulcro, fechado en el año de su muerte. En la exquisita selección de retratos, figuran dos autorretratos donde no se permitió la más leve complacencia que, alguna vez, dispuso para los dignatarios y burgueses ricos. La crítica especializada la califica como el acontecimiento plástico del año y las colas de público, pese a la tensión y la crisis que sacude al país trasalpino, refrendan el éxito del proyecto y la popularidad que medio milenio después conserva el Tintoretto.