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James Holmes> Luis Ortega

Hasta hace un mes era un estudiante de neurología, ni brillante ni torpe, natural de Tennessee y de veinticuatro años de edad. Hace poco más de una semana no opuso la más mínima resistencia a la policía, que le localizó en el interior de su coche, aparcado en las inmediaciones del lugar del crimen, después de haber perpetrado un asesinato múltiple – doce muertos y más de cincuenta heridos – en un cine de las afueras de Denver, Colorado. La agresión se perpetró durante el estreno de la última entrega de Batman, en la conflictiva localidad de Aurora. Según testigos presenciales, el homicida se presentó en la sala, vestido de negro y con una máscara; inmediatamente lanzó una bomba de gases lacrimógenos y disparó con dos fusiles contra el público en todas las direcciones. Un transistor me trajo a la playa y a un apacible paseo este suceso incomprensible y el teléfono móvil me mostró la imagen de su autor, un muchacho de aspecto normal, un chico cualquiera al que nadie habría atribuido esa “violencia malvada y sin sentido”, tal y como la calificó Barak Obama. El homicida que, en ningún momento perdió la calma, colaboró con los agentes y les acompañó hasta el edificio donde residía – antes de ingresar en prisión – para efectuar un registro en busca de explosivos o de armas. Esta inspección, realizada por elementos de la policía local y especialistas del FBI, reveló la existencia de materiales inflamables y productos adecuados para provocar explosiones. Mientras los heridos convalecen en diversos hospitales, el debate sobre la venta y el uso de armas hizo su aparición en los medios y durante la campaña electoral, que, durante unas jornadas, se suspendió tras el decreto de cinco días de luto firmado por el presidente de los Estados Unidos. Para los investigadores, que entrevistaron a los antiguos condiscípulos, profesores y vecinos, las razones de esta masacre son un auténtico misterio, porque en sus declaraciones Holmes, que no tenía antecedentes judiciales ni policiales – sólo alguna multa de tráfico – no manifestó un odio especial hacia ningún sector social o étnico ni una oposición radical a la democracia norteamericana, posición que contradice la existencia del arsenal de su casa. El mar está tranquilo y propicia una reflexión provinciana sobre las paradojas de esa gran nación, titular de la gendarmería mundial, que no admite una cobertura social para gran parte de sus ciudadanos y, a la vez, permite la libre circulación de armas e instrumentos para el desastre.