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Jean-Marc Ayrault > Luis Ortega

Con Hollande legitimado otra vez por la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, con el Senado y El Elíseo aportando nuevas claves para afrontar la crisis, le compete al confirmado primer ministro Jean-Marc Ayrault (1950), antiguo y eficaz alcalde de Nantes, poner en marcha las sesenta medidas con las que su jefe de filas ganó todas las convocatorias electorales. Para empezar, Monsieur le President demostró que existen otras formas, “al margen de las recetas de la derecha, que fracasaron con Sarkozy y colocaron a Francia, tras España e Italia, en la frontera del rescate”, según el prestigioso Le Monde. En primer lugar, el PSF asumió una reivindicación expresada en todas las manifestaciones populares: una auténtica justicia fiscal. Las urgencia de acciones comunes, y obligatorias, están en el saneamiento del sistema financiero, causante por la codicia y descontrol de la situación, en connivencia con los bancos nacionales que fueron incapaces -o cómplices- de regular y controlar sus riesgos; la exigencia de una meta general, que pasa por las garantías de honestidad, la eliminación de sueldos y beneficios astronómicos, en medio del incendio, por la eliminación de productos basura o, si lo quieren, las taimadas estafas. Nadie puede discutir la necesidad de recortes razonables, pero no se pueden admitir -como dijo Hollande- “terribles tijeretazos por doquier, que sólo frenan el consumo y paralizan la vida económica y laboral”. La austeridad, sin más, agrava el problema, “porque debe estar acompañada por los estímulos para el crecimiento y la defensa a ultranza del Estado de bienestar”. Con todo, Ayrault destacó que la mayoría (314 de los 577 diputados) es un amplio margen parlamentario “para aplicar medidas impopulares, forzadas por la coyuntura, porque el rigor es necesario pero se aplicará con justicia” y afirmó que “no se producirán recortes ni en educación ni en seguridad”. La meta francesa es restablecer las finanzas públicas y volver al “déficit cero” al final de la legislatura, en 2017 y, para lograrlo “es preciso movilizar a nuestros socios europeos”. A la implacable Angela Merkel, que llevó el préstamo a España al Bundestag -¡manda huevos!, que diría Trillo- le ha salido un callo en la segunda pata del eje franco-alemán. Esa, como la excepción de Islandia, es una esperanza, un cambio o añadido útil -crecimiento por recorte- pero precisamos de líderes autónomos, acuerdos de amplia base y no títeres que sigan las órdenes germanas. Con la legalidad de su superioridad en las cámaras, el PP pide colaboración pero no consigue un apoyo ni de la derecha nacionalista, ni de la izquierda plural, ni del PSOE; mientras que Rajoy deja que sean los miembros de su cuadrilla, con dudosa elocuencia, los que defiendan su obediencia ciega a estos que nos metieron en el pozo de las angustias.