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La azafata imposible

Sandra Backman. | CRISTINA MARTÍN
TINERFE FUMERO | Santa Cruz de Tenerife

“No creo que tardase ni diez minutos, pero desde luego aquella doctora, que además me hizo daño en un brazo durante la exploración, me ha fastidiado la vida”. A Sandra Backman no se le olvida el examen médico que le hicieron en la Seguridad Social, a pesar de que en los últimos años ha tenido tiempo de habituarse a los mismos. Lo que hace diferente a esos diez minutos en dependencias oficiales es que, de todos los facultativos que la han visto, es la única que entiende que las secuelas que sufre a cuenta de un accidente de tráfico no le impiden retomar su vida profesional como azafata. Lo más rocambolesco del caso es que, como el doctor de Aviación Civil que la trató sí apreció lesiones suficientes, no podría volver a realizar dicho trabajo aunque quisiera, dado que el placet del organismo citado es imprescindible para ello.

La historia de esta mujer, convertida por mor de la Justicia en una azafata imposible, se tuerce cuando, volando para la ya desaparecida aerolínea Futura, se estrella con su vehículo, que vuelca con ella dentro aquel infausto 25 de mayo de 2005.

Atendida en Hospiten primero y en La Candelaria desde esa noche, Sandra inicia un calvario para recuperar en lo posible su salud, sin saber que sobrevendría un pleito por su futuro laboral.

Quien mejor da cuenta de la gravedad de las secuelas que sufre Sandra es el especialista del Instituto de Medicina Legal de Santa Cruz de Tenerife José Francisco Martell, que en un informe efectuado tres años después del accidente detalla que tales lesiones “han mermado de forma sustancial y definitiva su capacidad física y laboral”, además de citar rémoras psicológicas como “ansiedad, depresión, irritabilidad”, propias del síndrome de estrés postraumático. Tras reseñar -entre otras lesiones- los dolores en el hombro, las limitaciones para mover ambos codos, la hernia discal y “el material de osteosíntesis [tornillos y placas] en brazo, antebrazo, muñeca y columna lumbar”, el doctor Martell aboga sin dudas por que le sea concedida la incapacidad permanente y absoluta.

Sin embargo, lo peor que lleva Sandra a la hora de volar es el vértigo, que le acucia de tal manera que ya un año después del accidente tuvo que ser hospitalizada durante un par de días.
A Sandra se le reconoce una discapacidad del 50%, pero el juzgado de lo Social nº 2 capitalino hace prevalecer la opinión de la doctora de la Seguridad Social, sentencia que ha refrendado el Supremo.

Contrariamente a lo que sostienen el resto de médicos que la han tratado, le dicen que puede trabajar como azafata. Salvo que es imposible: Aviación Civil se lo prohíbe.

[apunte]El buen aspecto como un problema
Sandra ha trabajado mucho para volver a hablar correctamente, y se cuida de que no se le vean las cicatrices. A primera vista no se aprecia la cantidad de metal que sujeta uno de sus brazos o la columna, y no es mujer que deje traslucir los dolores que padece. Aunque parezca mentira, ese buen aspecto aparente motivó que su abogado le dijera que prefería que el juez no la viera.[/apunte]