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La mirada de Francisco Borges Salas > Joaquín Castro

Francisco Borges Salas fue uno de nuestros grandes muralistas. Maestro de maestros y figura internacional en el mundo de la plástica. Llenó toda una época de la vida cultural de la Isla y de Canarias. Dejó constancia de su buen hacer y decir en México y Venezuela.

Dibujó a plumilla como nadie los episodios más notables del Antiguo y Nuevo Testamento. El Juicio Universal y los acontecimientos que están previstos fueron filosofados y escrutados por el artista de tal modo que los convirtió en eje central de gran parte de su trabajo. Derrocha en ellos su técnica, precisión y sensibilidad profunda en la delicadeza de los temas y enfoques carismáticos.

Con un arte inigualable, Borges Salas trató todas las técnicas, desde la plumilla al óleo, la acuarela, el dibujo o la escultura. Vio hasta en lo más profundo de su ser escenas evangélicas e interpretó con conocimiento propio los acontecimientos venideros, dentro de una visión esotérica y simbólica. Nos dio una imagen muy especial de los cuatro evangelistas y de algunos de los apóstoles. En los rostros de estos personajes se aprecia la filosofía de la vida y de la historia que narraron sobre el ser más maravilloso de la humanidad. Dioses y sabios de la antigua Grecia y Roma le inspiraron. Recogió paisajes de su Isla, muchos de ellos divisados desde su casona de Gracia, muy cerca de La Laguna; la belleza de las mujeres de esta tierra; escenas de multitud de gentes expectantes, en busca de no se qué, si de libertad o de felicidad. Todo ello con un sentido profundo del dibujo y el color, elaborado con la sencillez y el trabajo de uno de los más grandes maestros de la plástica.

Su intensa vida estuvo dedicada al arte. Nace a comienzos del siglo XX. Frecuenta en su juventud los círculos artísticos de la capital. Comienza haciendo pinitos en la revista Castalia, que dirigía su hermano, el prestigioso escritor y humorista Miguel Borges Salas. Se traslada con su familia a Venezuela y México, donde se conserva gran parte de su obra, de la que podemos destacar el mural que pintó en el Palacio Presidencial de la capital azteca. Uno de los personajes que plasmó en este trabajo era su hermano Miguel.

Después del largo periplo americano, se trasladó a su tierra, dedicándose en cuerpo y alma al estudio de la anatomía humana, la figura y, sobre todo, al pensamiento. No fue un hombre dedicado al boato y la publicidad. No le interesaba, pese a su gran personalidad. No sé si recibió los honores que su tierra le tenía que haber concedido por su arte. Pero sí sé que fue artista universal, caballero y pintor consumado. Maestro de la plumilla y artífice de la piedra. Cuando paremos ante su obra La fecundidad, en el parque García Sanabria, no nos quedará más remedio que tener un recuerdo del hombre que quiso a su tierra, la inmortalizó con su paleta y la elevó a la cumbre del continente americano. No era soberbio ni sentía la necesidad de que le viesen por los círculos artísticos. En una ocasión me contó que se levantaba de madrugada para pintar en el silencio de la ciudad. El ruido y la gente le molestaban.

En los últimos años de su vida recibió la Medalla de Oro del Gobierno de Canarias y fue nombrado Hijo Predilecto de Santa Cruz de Tenerife.