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Llevando el placer al límite > Sergio García de la Cruz

La mente humana no deja de ser un misterio, un enigmático enjambre de redes neuronales que no logramos descifrar. Continuamente nos sorprendemos con situaciones que no llegamos a comprender. Ciertamente la realidad muchas veces supera la ficción.

Uno de los comportamientos más desviados con los que me he topado es la práctica, no poco frecuente, del “orgasmo sin aliento”. El término lo extraigo del título de un libro de John Money, uno de los primeros en documentar esta extraña forma de sentir placer a través de la agonía.

La hipoxifilia, práctica que ya describía François de Sade en su novela Justine, consiste en privar a nuestro cerebro de oxígeno al mismo tiempo que estimulamos nuestras zonas erógenas. La hipoxifilia es un acto peligroso que puede conllevar un fallecimiento accidental. No es intención de quien la practica matarse, y mucho menos dejar de practicar esta técnica que tanto sentido le da a su vida, pero, ocurre. Quienes la realizan están jugando con la muerte.

El riesgo que corren los hombres que la practican se debe a que, ilusamente, creen que pueden parar la asfixia cuando lo deseen. No se dan cuenta de que la pérdida de oxígeno en el cerebro nos puede desconectar sin previo aviso. Se produce, entonces, primero el desmayo, después la muerte. Otros, que no quieren correr el riesgo de morir ahorcados, cortan el oxigeno oprimiéndose la cintura con cadenas, al mismo tiempo que se masturban, sin darse cuenta de que el problema no es el lugar en el que corte el oxigeno, sino la falta de él en el cerebro. Aunque los métodos varían, el fin es el mismo y los resultados también.

No resulta extraño encontrar una escena en la que un hombre yace colgado por el cuello, a veces vestido con ropa de mujer, y bajo él, varias revistas sexuales. Algunas veces, avispados asesinos montan escenarios de este tipo para ocultar así sus crímenes, conscientes de que si un familiar encuentra este dantesco escenario, tratará de limpiar todo resto de depravación. Sin embargo, existen indicios que un sagaz investigador sabrá dónde encontrar. A pesar de que John Money es neozelandés, al igual que la película de Brad McGann, El refugio de mi padre, donde se muestra claramente este tipo de parafilia, no es este, sino Florida, el lugar más castigado por los fallecimientos relacionados con la hipoxifilia. El perfil más habitual de las personas fallecidas por esta práctica es la de un hombre anglosajón, de raza blanca y alto nivel intelectual. Se desconoce cuántos norteamericanos la practican, pero, casi un millar de ellos fallecen cada año por asfixia autoerótica.

Hay más películas en las que aparece la hipoxifilia. Por ejemplo en El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima, donde una pareja realiza esta práctica. También aparecerá en Ken Park, historias de un grupo de adolescentes, de Larry Clark, donde un personaje la realiza mientras ve un partido de tenis femenino por la televisión. También se nos mostró en un capítulo de Weeds. Pero, lo cierto y real es que las personas fallecen por ello. Un ejemplo conocido es del actor David Carradine, que estaba desnudo con una cuerda atada al cuello, otra a los genitales y ambas al armario. No había rastro de lucha en el hotel y la habitación estaba cerrada por dentro. Tampoco había señales de magulladuras en el cuerpo.

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