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No hay alegrías completas. Mientras se adjudicaba a un pujante anónimo La esclusa, de John Constable y hasta ahora en el Museo Thyssen, por veintiocho millones de euros, ante la indiferencia del gobierno central y las instituciones madrileñas -una pérdida irreparable para el patrimonio español- estallaba la alegría en Santiago por la recuperación del Códice Calixtino, una joya medieval, robada hace poco menos de un año. Como escribimos en esta misma esquina, Carmen Cervera no encontró interlocutor público (pese a su insistencia, cuando anunció, con todo su derecho, la operación) y, más aún, no se buscaron fórmulas que evitaran la emigración de la singular tela. Como guinda de un pastel impresentable, ni la inefable Sinde -bicha de internautas y sensatos simplemente- ni el crecido Wert -incansable motor de desmoralización juvenil- trataron, con la seriedad que merece el asunto de la incorporación al patrimonio Thyssen de los notables fondos particulares de la baronesa. Con el pretexto socorrido de la crisis, la falta de imaginación y la ineptitud, se tapa, pero sólo un rato. Pero pasemos, para no hacernos mala sangre, de la frustración al contento. Tal y como aventuró el deán José María Díaz, tras su desaparición, el autor o autores conocían perfectamente la seo jacobea y, más pronto que tarde, “sería recuperado”. En un garaje de O Milladoiro, una ciudad periférica, envuelto en bolsas de basura, cartones y ladrillos, se encontró, en perfecto estado, una de las primeras guías de viajes del orbe católico. En la operación se detuvo a Manuel Fernández Castiñeira, electricista en paro, despedido poco antes y que, extrañamente, tenía en su poder un juego completo de llaves del templo más visitado de Europa, tras San Pedro del Vaticano. Junto al autor material se detuvo a su esposa, a su hijo y la pareja de éste, y se aprehendieron numerosos objetos sacros, libros de los fondos catedralicios y hasta ocho facsímiles del famosísimo Codex, además de una cifra cercana al millón y medio de euros, sustraídos también de dicho lugar. Al éxito de la operación de rescate habría que añadir, pese a las dificultades económicas que padecemos, medios y sistemas de vigilancias que saquen a España de la cabecera del ranking de robos en iglesias. Es otro modo de no caer en la insensibilidad y la estulticia de los políticos que mentamos líneas arriba, Sinde -felizmente en su casa- y Wert, en peligrosa actividad y e incontinencia verbal, como probó en el caso Bankia.