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Palabras, palabras, palabras > Luis Alemany

Cuando -hace algunos años- publiqué mi novela breve Los inquietos (escrita casi medio siglo antes) la única palabra del texto que suprimí fue el insulto “judiadas”, porque no lo profería ningún personaje verbalmente, sino que formaba parte de esa ambigua tercera persona del supuesto narrador omnisciente, y consideré que incurría en reprobable xenofobia: resulta curioso que sea precisamente esa misma palabra la que reivindique ahora la comunidad hebraica hispana (o lo que sea: igualmente respetable se llame como se llame), ante la Real Academia Española como ofensa filológica a su estirpe, desde su inequívoco carácter insultante, solicitando -en consecuencia- que se elimine del Diccionario, lo cual nos situaría en una tesitura sumamente compleja, en muy difícil equilibrio entre la filología y la ética.

En estricto rigor, a uno le resultaría muy difícil pronunciarse con respecto a esta dicotomía, porque -la verdad sea dicha- de lo único que uno puede entender (?) un poco es de las palabras, que constituyen su modesta (y nunca mejor dicho) herramienta de trabajo, y -a partir de ahí- pudiera correr el riesgo de inclinarse a favor de ellas, frente a otros pronunciamientos; pese a lo cual, no puede uno por menos de pensar que en este dilema pudiera correrse el riesgo de confundir el culo de la irrenunciable realidad verbal con las témporas del lícito rigor ético; de tal manera que expulsar del Diccionario las palabras ofensivas, malsonantes o groseras pudiera incidir en una especie de hipocresía social que a uno no puede por menos de retrotraerlo a las restricciones censoras de la dictadura (cuando uno se iniciaba en este hermoso oficio de locos, que es escribir), que prohibían los tacos: a la primera edición de mi novela Los puercos de Circe (en el año 1973, dos años escasos antes de fallecer el Invicto Caudillo) le tacharon expresiones coloquiales como “Vete a tomar por culo”, porque todas las dictaduras son puritanas.

Una de las escasas frases inteligentes de Miguel de Unamuno (entre las muchas majaderías que escribió) fue responder, a quienes le reprochaban sus neologismos, diciéndole que esas palabras no estaban en el Diccionario: “Ya las pondrán”; y -claro está- las pusieron; desde cuya perspectiva, uno no puede por menos de sentirse solidario con tal insoportable personaje, porque tengo larga fama de neologista lúdico, hasta el punto que en todas las redacciones insulares que he transitado (todas) los tipógrafos me temían, de tal manera que Verónica Martín me propuso un diccionario “Alemany-Castellano/ Castellano Alemany”: tal vez exagerara, porque no deberíamos olvidar nunca que la palabra es libertad, y un Diccionario no es un mausoleo, sino un fructífero archivo, para las palabras buenas (democracia, libertad, amor) y también para las palabras malas, como esta que ahora se rechaza.