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Periodistas> Domingo-Luis Hernández

Por el retraso del avión, pude ver los primeros veinticinco minutos en la terminal de embarque del aeropuerto de Santiago de Cuba. Cuando España marcó el primer gol, hubo un alborozo extraño a mi alrededor. Alborozo que me confirmó el taxista camino del Hotel Sevilla, en La Habana. Nunca había ocurrido algo parecido en Cuba, me dijo. Primero porque en Cuba el fútbol no es un deporte que se practique demasiado, ni porque a los cubanos les interese especialmente el fútbol. Ahí lo privativo, como se sabe, lo que llena los estadios, es el béisbol.

Lo segundo que me sorprendió es que los cubanos siguieran la Eurocopa en masa por televisión y que incluso aparecieran en lugares públicos con camisetas de España (fundamentalmente) y con los rostros pintados. Extraño, ciertamente extraño, pero así fue.

La selección española de fútbol es un modelo allí como en otros lugares del mundo. Eso lo comprobé cuando compartí en el salón de una casa particular que daba a la calle la tanda de penaltis entre España y Portugal, en Santa Clara, en el centro de Cuba.

El España-Italia quedaba, pues, en mi retina y en el ánimo desajustado dentro de aquel Boeing 737. Pero ocurre que el transporte aéreo en el interior de Cuba está contratado con una compañía española.

Luego, la tripulación es en buena parte de España y se pintó la ocasión. “¿Cómo”, pregunté; “descanso, dos a cero”, contestó el sobrecargo. Y como el mundo es así de ajustado, incluso en u lugar tan lejano y en esas circunstancias, una azafata, sentada en su sillón en el borde de la cabina mientras aterrizábamos, tomó el micrófono y gritó: “¡final, cuatro a cero!”

Los pasajeros del avión, todos los pasajeros del avión, aplaudieron. Así pues, me dispuse a seguir la transmisión en diferido en el hotel, ya de noche, a través del canal deportivo de Televisa, el TDN.

Nunca oí elogios tan contundentes y explicaciones tan precisas de los excelentes comentaristas deportivos que allí se reunieron. Dijeron que los veinte primeros minutos que jugó España contra Italia en la final eran una verdadera obra maestra, eso que te hace reconciliar con el fútbol, eso que creíste perdido para siempre, que sólo se representaba en ellos como una ensoñación, pero que esa selección de mostraba en todo su esplendor. Revelaron exactamente por qué y cómo, y definieron el asunto con una claridad meridiana. Uno, el juego de los centrocampistas; dos, el extraordinario gol de Jordi Alba fruto de la velocidad más el ingenio y la maestría de Xavi; tres, un equipo que no sólo ataca sino que muestra uno de los mejores sistemas defensivos del mundo.

Por el tres, Casillas ha batido el récord de minutos en juego sin encajar goles. Y falta el cuatro: grandes jugadores individuales que, sin embargo, tienen el mérito de formar parte y de hacer funcionar a un equipo temible y admirable.

Con todos los parabienes, Ángel Cappa (el único comentarista que reconocí y que vive generalmente en Madrid) apuntó en la línea de flotación de lo que aquí ocurre. Dijo que no se podían imaginar los allí presentes las críticas de la prensa española contra los planteamientos del entrenador y otros supuestos deméritos del equipo.

No pudieron resolver el asombro, claro; era inconcebible. ¿Cómo puede negársele la confianza a ese entrenador y a esos jugadores?, se preguntaron. La respuesta es simple: en España, después de que un conocido periodista triunfó en la radio, no por los análisis o por la sabiduría deportiva sino por encumbrar manejos, intervenir en equipos y en federaciones y en proponer alineaciones, porque era muy listo, ése es el listón: el que sabe no es el entrenador (de ahí el cinismo de Mourinho) sino ellos, y si ellos deciden colocar un 9 en el equipo o imponer el singular juicio de que España aburre por jugar como juega, esa es la cuestión a imponer y punto.
Pero ocurre que por primera vez en la historia de este país las cosas son distintas. Alguien sabe, alguien es consecuente por conocer, alguien actúa tras discernir sobre las cualidades de las piezas con las que juega y con ello se compromete, caiga quien caiga. Por primera vez hay plan, un plan medido, razonable, exquisito y riguroso.

Y por esa firmeza, constancia, valentía y tesón han quedado por el camino los complejos, los subterfugios y las excusas. España gana una Eurocopa, un Mundial y otra Eurocopa.

Un absoluto ejemplo que, si se tuviera en cuenta en este país, otro gallo nos cantaría. Los periodistas agoreros, los políticos sátrapas y otra fauna siniestra en su lugar. Así nos ahorraríamos a generaciones y generaciones de chicas y de chicos en la cuneta, o dejar de mostrar el alma llena de inquina y de desaliento.

España ganó, los que saben lo analizaron sobresalientemente y aquí todos se alegraron, sin más.