el salto del salmón > Luis Aguilera

Permítanme su educación > Luis Aguilera

En el lenguaje popular bogotano existe la expresión “Permítame su educación” de variopinto uso. Igual se utiliza para interrumpir una conversación que para pedir orientación sobre una calle. Así que “permítanme su educación” para hablar sobre los juegos olímpicos y su maratónica ingestión por los medios, que ya es fatiga.

En principio está bien que se rememore el invento de los antiguos griegos, tan sabios ellos que seguramente no se hubieran gastado un pastón en organizarlos ni mucho menos en endeudarse hasta los laureles de la coronilla para luego declararse en bancarrota. Los costos ya son suficiente pistoletazo de salida para enjuiciarlos. Pero sobre todo son un alarde de la necedad humana. Pensemos en las estrambóticas ceremonias de inauguración tan empeñadas en causar asombro. Suelen utilizar a cientos de jóvenes, tan perfecta y milimétricamente sincronizados que se adivina, en esa automatización, la tortura que anula el error por repetición. No contentos con esto, con alguna paparruchada nos quieren hacer creer que están el futuro. No se queda atrás, en esta parafernalia del estruendo, la pretensiosa arquitectura de estadios y recintos, con tanta frecuencia desperdicio y ruina prematura.

Lo que más duele es que se han desvirtuado precisamente como juegos. El juego es alegría, diversión, si se quiere competencia. Ganar puede ser parte de lo lúdico. Ahora, si estos atributos consubstanciales al juego se vuelven martirio, sacrificio, ayuno, privación, obsesión y esquizofrenia, la verdad que no tienen ni la más peregrina de las gracias. Desde el momento en que un atleta tiene que vencer a un estúpido cronómetro o romper una distancia o una altura y no a un rival, estamos más cerca del gladiador en foso de leones que del paradigma “Mente sana en cuerpo sano”, tan caro a los deportes. Y se han pervertido las connotaciones. No hay perdedores sino derrotados. El perdedor aplaza el triunfo. Al derrotado lo destruye su fracaso.

Los derechos humanos deberían entrar también en juego. Cuando vemos a esas gimnastas detenidas en una edad sin nombre, de estatura y desarrollo contrahechos y a esos atletas que llegan a meta en su más extrema extenuación y a esas nadadoras deformadas por una musculatura que es joroba, deberíamos preguntarnos si no se han traspasado ciertos límites, si están justificados los bárbaros centros de alto rendimiento y sabrá Dios qué otras prácticas inyectadas o ingeridas y, lo peor, las vidas que se quedan a la vera, con vértebras y articulaciones hechas trizas. Toda esta tramoya sólo sirve para sobornar la autoestima nacional y hacer nuestras las proezas de himno y de bandera sin levantar el culo del sofá. Porque además estos atletas son de usar y tirar. A muy pocos les queda una medalla o un recorte de prensa con su hazaña. A la mayoría, poco pan y mucho olvido.

Como todo lo que toca Occidente se prostituye, los juegos olímpicos terminan siendo escaparate de marcas y negocios suculentos. Por ahí hacen gala del espíritu más alto, más lejos, más rápido los mismos que explotan a menores en algún país asiático o los fabricantes de venenos ambientales. Mejor sería usar tanta pasta en hacer del deporte un sano competidor contra las drogas. Todos iríamos al podio.