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Soy inocente > Leopoldo Fernández

Juro que no tengo nada que ver con la crisis financiera, ni con los líos de la banca o las antiguas cajas de ahorro y otros asuntos complementarios. Tras los escándalos nacidos en EE.UU. con las hipotecas subprime, que siguieron, vía contagio, en países europeos con crisis bursátiles, financieras, inmobiliarias, económicas y políticas, según los casos, digo yo que algunas personas serán responsables de tanto desmadre. Y tendrían que explicar por qué han especulado. O se han forrado. O han gastado dineros públicos en proyectos absurdos. O adoptaron decisiones que hipotecan el futuro del país. Si los culpables son políticos, deberían asumir responsabilidades del mismo tipo, con independencia de lo que decida en su día, si así lo hace, la autoridad judicial que le va a meter el diente a la cosa.

Digo esto porque, tras escuchar estoicamente frente al televisor todas las comparecencias, en sede parlamentaria, de autoridades del anterior Gobierno y de altos cargos de Hacienda, el Banco de España y bancos y cajas, tengo la sensación de que todos ellos son unos santos. Han hecho lo que tenían que hacer. Han cumplido con su deber. Incluso volverían a hacer lo mismo si se repitieran idénticas circunstancias. O sea: el brutal déficit público dejado por el anterior Ejecutivo (más de 30.000 millones sobre la cifra prevista en 2011), las fallidas fusiones de distintas cajas y/o bancos, el agujero de 65.000 millones que soporta nuestro sistema financiero (el mejor del mundo, ¿recuerda?, pues estábamos en la Champions Ligue), la obligada nacionalización de algunas entidades, las jubilaciones de oro que se han concedido a sí mismos cargos directivos de distintas cajas, todo eso y mucho más ha sido normal. Según lo que vi y oí, nadie merece reproche político grave. Pese a alguna que otra insinuación de malas prácticas, las comparecencias y las preguntas de sus señorías tuvieron un tono light.

Como si los partidos hubieran pactado una especie de no agresión, no en vano todos ellos, más los dos principales sindicatos, tienen alguna culpa de lo ocurrido en las cajas de ahorro. ¿O no tenían a sus representantes sentados en los consejos cobrando, en muchos casos, sueldos y dietas millonarios? En las comparecencias parlamentarias de Londres y Washington hubo interrogatorios de tercer grado para políticos y banqueros, y se exigieron dimisiones y destituciones.

Algunas miradas taladraban el alma y ciertas afirmaciones levantaban murmullos y gestos airados. Para eso está un órgano de control como el Parlamento. Así que, visto lo visto y como aquí nadie reconoce nada ni se siente culpable de nada, ya que todo se hizo bien -¿por qué estamos como estamos?, se preguntaba un diputado-, yo también me atrevo a proclamar mi inocencia. Por si acaso.