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Tolerancia cero > Juan Hernández Bravo de Laguna

La actualidad española de estos días -y no solo la deportiva-, más allá de la crisis financiera, ha estado presidida por la celebración de la Copa de Europa de fútbol y el triunfo en ella de la selección nacional. El impacto social de este deporte en casi todo el mundo, con la excepción de los Estados Unidos y alguna otra región cultural, no es un secreto. Sin embargo, a pesar de ello, todavía sorprende el alcance y la profundidad de este impacto, y la cantidad de personas afectadas por el mismo, unas personas que, en muchos casos, no serían sospechosas de ser sus víctimas. También asombra la universal y acrítica aceptación de ese adjetivo sustantivado que es La Roja para designar a la selección. En definitiva, todo esto significa que los réditos políticos de un éxito futbolístico son cuantiosos. Y así, por ejemplo, hemos visto al presidente del Gobierno y al príncipe de Asturias presenciar la final desde el palco de autoridades del Estadio Olímpico de Kiev, en compañía del presidente de la UEFA, Michel Platini, presidente protocolario del partido; del primer ministro italiano, Mario Monti; del primer ministro polaco, Donald Tusk; y del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, estos dos últimos como flamantes coorganizadores de la Eurocopa.

Precisamente en Ucrania, una de las dos anfitrionas, un poder dictatorial disfrazado de democrático y unos jueces cómplices persiguen y encarcelan a la oposición, en primer lugar a la ex primera ministra Yulia Timoshenko. Por eso, el Gobierno español, al igual que los Gobiernos de otros países europeos, siguiendo directrices de la Unión Europea y en señal de protesta ante las autoridades del país, decidió la no asistencia a los encuentros jugados en Ucrania. Pero la final eran palabras mayores. Y con las más variadas excusas, todos asistieron. Mariano Rajoy argumentó que esa final, aunque se jugase en Ucrania, era un acto de la UEFA, y destacó que la selección merecía estar acompañada por los más altos representantes del Estado. Por último, añadió que era su “obligación” asistir, si bien matizó que estaba por ver junto con la Unión Europea en qué “condiciones” acudía.

En la práctica acudió sin condiciones. Inmediatamente después del partido emprendió su regreso a Madrid, por lo que “no hubo tiempo” para mantener ninguna entrevista con representantes de la oposición ucraniana, una de las condiciones que había impuesto la Unión Europea a sus Estados miembros para asistir a los partidos de la Eurocopa en Ucrania. Y lo curioso es que nadie, oposición española incluida, le ha reprochado nada al respecto y ni siquiera ha mencionado el asunto. Ya después del campeonato mundial de Sudáfrica la Corona hizo marqués a Vicente del Bosque, con manifiesto agravio comparativo para todos aquellos seleccionadores nacionales de otros deportes de equipo que han llevado a sus selecciones a ganar títulos mundiales y olímpicos. Pero el fútbol es el fútbol. Y su seleccionador nacional ha tenido la inteligencia de continuar el trabajo de Luis Aragonés y de copiar el sistema de Pep Guardiola y el juego del Barcelona, base de la selección.

A menos de un mes de los Juegos Olímpicos de Londres, esos que tan tontamente perdió Madrid, el triunfo español en la Eurocopa contrasta intensamente con el pobrísimo balance con el que los atletas españoles cerraron su participación en los Campeonatos Europeos de Atletismo de Helsinki celebrados casi al mismo tiempo: un oro, una plata y dos bronces, cuatro menos que en la anterior edición de hace dos años. A su vez, la opinión pública ni se ha enterado. Y en ese ambiente más que pesimista, el presidente de la Federación Española de Atletismo acaba de presentar a nuestro equipo olímpico, por cierto con unas impresentables equipaciones de factura rusa, fruto del desprecio del Comité Olímpico Español por la industria textil y de la moda española, desprecio que ha justificado con el increíble argumento de que nadie de esa industria se ofreció.

En Pekín 2008 la selección española de atletismo hizo sus peores Juegos Olímpicos desde Seúl 88: ninguna medalla. En Daegu 2011 completó los peores Mundiales de la historia: solo un bronce. Y la semana pasada, en Helsinki, suscribió los peores Europeos desde Split 90, con las citadas cuatro medallas. Y podríamos seguir comparando los rendimientos españoles en un deporte básico como el atletismo con los obtenidos en el fútbol profesional. Lo que queremos decir es que las políticas públicas deportivas de este país son un desastre. Y da igual que gobierne un partido a que gobierne otro. Rodríguez Zapatero no sabía ni qué hacer con el deporte en el organigrama gubernamental, y terminó ubicándolo en la propia presidencia del Gobierno. Rajoy lo ha reintegrado sensatamente al ministerio de Educación. No obstante, en ambos casos, nuestros éxitos deportivos, desde el fútbol al tenis, se fundamentan en el deporte altamente profesionalizado y en la iniciativa privada que financia y promociona sus canteras. Aunque, eso sí, el poder político se apresura a adueñarse de sus logros. Y todo ello presidido por unas Federaciones nacionales endogámicas, corporativas y carentes de la menor transparencia, para decirlo con suavidad.

Tolerancia cero con el dopaje, anuncia la propaganda del Gobierno. Tolerancia cero con sus políticas deportivas, debemos añadir los ciudadanos.