mirada sobre áfrica>

Tombuctú> Juan Carlos Acosta

Desconcierto, rabia y pena. Esas son las sensaciones que a bote pronto genera la situación por la que está pasando la ciudad mítica de Tombuctú, hasta hace poco el faro del Islam en África Occidental y rehén ahora, junto a otros antiguos enclaves del norte de Mali, del fanatismo de la enésima yihad, encarnada por guerrilleros de los movimientos salafistas Ansar al Din (Defensores de la Fe) y Al Qaeda en el Magreb, que han enfocado toda su lucha en imponer la sharia, el código de conducta musulmán, de la forma más extremista conocida en la región. Y es que, como una oscilación de las mareas humanas, a principios del pasado mes de abril, estas facciones aprovecharon el levantamiento independentista de las tribus tuareg locales, englobadas en el autodenominado Movimiento Nacional de Liberación de Azawad, contra el Gobierno de Bamako, inmerso en un golpe de estado, para poco a poco hacerse con el control de la también llamada Ciudad de los 333 Santos y de otros territorios, como los de Gao o Kidal.

Lo cierto es que las señales de alarma se han disparado en la comunidad internacional debido a la crudeza de las acciones de los yihadista, quienes se dedican a limpiar de mezquitas, mausoleos y otros monumentos milenarios la capital intelectual y espiritual del desierto porque, según ellos, amenazan la pureza de sus creencias, unas creencias que asimismo provocaron en el año 2001 la voladura en Afganistán del mayor buda del mundo, una figura de 55 metros de altura tallada en una montaña hace 1.500 años, por las mismas razones; o a aplicar castigos desproporcionados a los hasta hace poco casi occidentalizados habitantes locales por simplemente oír música o no respetar los dogmas mal interpretados del Corán, que obligan, entre otras cosas, a las mujeres a salir cubiertas a la calle y promueve el castigo a la homosexualidad, el adulterio o el consumo de alcohol con lapidaciones, azotes o amputaciones de manos.

De nada han servido las condenas de la ONU o la UE para que esta ciudad, patrimonio de la Unesco, sea respetada por unas milicias que proceden en su mayor parte de Libia, y que huyeron del conflicto originado por el levantamiento de las tribus beduinas contra Gadafi a través de las rutas de las caravanas que cruzaban el Sahara históricamente para unir Tombuctú con el lago Chad y Trípoli, eso sí cargadas con todo el armamento posible, almacenado tras más de 40 años de régimen por el caudillo árabe, asesinado a raíz de la intervención de una OTAN liderada por Francia; por cierto, un conflicto que, lejos de resolverse para encausar aquella democratización adoctrinada por Occidente, se ha convertido en otra encerrona para el pueblo libio, ejecutada por ese galimatías de grupos rebeldes que encabezaron las revueltas para, ahora, convertirse en los nuevos carceleros de una dignidad otra vez postergada.La franja del Sahel funciona como una gran correa de transmisión entre los océanos Atlántico e Índico, al igual que el Islam en todo el planeta, una confesión religiosa mayoritariamente pacífica y culta que, sin embargo, se ve perjudicada por unos guerreros venidos del pasado que aprovechan los resquicios de la pobreza y los desequilibrios de la Humanidad para tratar de imponer unas costumbres atávicas que ocasionalmente han llegado hasta la vecina Mauritania, muy cerca de las Islas.