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¿Y si Nelson…? > Rafael Muñoz Abad

Quién no ha divagado alguna vez con la historia? Absorto y cocido a fuego lento gracias al tráfico de la avenida de Anaga, imaginé cómo serían nuestras vidas si la Union Jack ondease en la plaza de España. En otras palabras, si en vez de ser españoles, hubiésemos sido súbditos británicos. Distinta, sería muy distinta y en libras. No es un secreto que los ingleses siempre han intentado tomar alguna de las Islas; ya anduvo por aquí John Hawkins y sir Francis Drake lo intentaría en varias ocasiones. La gesta del 25 de julio es tan cierta como matices presenta. La intentona de Nelson, al igual que las ocurridas en el siglo XVI, fueron raids navales de ocasión. En otras palabras y ya que pasamos por aquí, vamos a ver si nos quedamos con alguna roca. Un intento serio de invasión por parte de la primera potencia naval de la época hubiese significado que al menos en Tenerife habláramos inglés, que Europa estuviese inundada de british bananas y los puros palmeros se vendieran a precio de oro.

En un momento en que Inglaterra era dueña de los mares y resolvía las cuestiones continentales en el tapete de la mar, el anhelo por hacerse ya no con una isla sino con una bahía a modo de otro Gibraltar es fácilmente entendible si vemos en Canarias la escala intermedia para unir El Peñón con las posesiones del Atlántico sur. De vuelta a nuestra gesta y más allá de narraciones trasnochadas; de un nacionalismo de saldo que se ha apoderado de la hazaña y exalta la canariedad de la defensa de Santa Cruz cual baile de magos; y que es cierto que la Administración española apenas destinaba recursos a la defensa de las Islas, descansando ésta en la orografía y en el reclutamiento de civiles apoyados con un puñado de regulares, se puede sintetizar que la gesta es menos gesta si repasamos la escuadra de Nelson: tres navíos de línea, tres fragatas y dos cutter. Muy poco músculo para lo que la Royal Navy era capaz de proyectar a finales del siglo XVIII. Les aseguro que, si de algo se arrepiente Inglaterra, es de no haberse apoderado de al menos una bahía en las Islas Canarias como parte de su espina dorsal atlántica. Red que se reveló fundamental en la recuperación de las Islas Malvinas y pieza que Londres hubiese sabido usar sin complejos y con mucha más inteligencia que España en forma de paraísos fiscales; licencias de pesca y explotación del lecho marino; por no hablar de la creación de un monopolio hortofrutícola realmente fuerte. Inglaterra mima su historia naval y la engrandece con barcos, miles de publicaciones y museos soberbios. Nosotros arrinconamos la nuestra. Ahí hemos tenido varado en vida durante décadas al Correíllo La Palma. La ingeniería de la historia es un castillo de humo. Lo que no lo es en absoluto es la generosa renta per cápita que presentan algunas posesiones de ultramar inglesas, casos de Bermuda o Gibraltar.

Encrucijadas oceánicas, al igual que Tenerife, de alto valor estratégico y cuyo estatus tal vez no habría distado mucho de los anteriormente citados territorios en caso que hubiésemos caído en otras manos.

Rafael Muñoz Abad Doctor en Historia y Evolución de la Navegación