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De charanga y pandereta > Enrique Arias Vega

La imagen predominante de España podría ser, ¿por qué no?, la de un país pujante y moderno, con la más amplia red ferroviaria de alta velocidad, un porcentaje de autovías mayor que nuestros vecinos y más aeropuertos que ellos por número de viajeros. También, ¿por qué no?, la de un país con empresas punteras a nivel mundial en obras públicas, telecomunicaciones, hidrocarburos y, aunque parezca mentira, en el vilipendiado sector financiero. ¿Y qué no decir de nuestra medicina, una de las cuatro o cinco mejores del planeta, a la vanguardia, además, en el complejo sector del trasplante de órganos? En vez de todo eso, las noticias sobre España la convierten, a los ojos del mundo, en una especie de parque temático de todos los excesos: desde las borracheras de turistas en Lloret, hasta los muertos en festejos taurinos; desde las pancartas en la Vuelta Ciclista pidiendo la excarcelación de presos de ETA, hasta los pintorescos saqueos de Sánchez Gordillo; desde las pedorretas de los gobiernos autonómicos al Estado, hasta la movilización por internet para asaltar el Congreso de los Diputados. Incluso, como última anécdota, está el pitorreo de los medios internacionales sobre la grotesca restauración del eccehomo. Todo esto, qué quieren que les diga, debe encantarles a los turistas extranjeros, que están acudiendo en mayor número que el año pasado. En cambio no parece que suceda lo mismo con las agencias de rating, el BCE, el FMI, Angela Merkel y todos los que podrían rescatarnos del abismo al que, indefectiblemente, nos acercamos más cada día que pasa.