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El rostro humano de la pobreza > Francisco Muro de Iscar

Nos comprará deuda el Banco Central Europeo o nos rescatará Europa, ya veremos, pero hay algo que sólo podremos hacer nosotros. El Informe del Fondo Monetario Internacional pone de manifiesto que la pobreza se ha disparado en España y que estamos padeciendo uno de los peores deterioros absolutos en la distribución de la riqueza. Desde que empezó la crisis hace cinco años, con el PSOE en el poder, las diferencias entre ricos y pobres han aumentado sustancialmente. Y alguien debería hacerse mirar porqué permitió, amparó o disculpó que los más ricos lo sean hoy igual o más y que los que eran pobres se hayan convertido en un inmenso ejército.

Más de un 1.700.000 hogares no cuenta con ingresos de ninguno de sus miembros y están condenados a la indigencia. Como recuerda el FMI, el 50% de los jóvenes está en paro, más de un tercio ha abandonado los estudios y los que consiguen un trabajo lo hacen en condiciones de precariedad. En estos años, sólo en Lituania ha aumentado más la desigualdad y nos hemos colocado en los niveles de Estonia o de Croacia, cada vez más lejos de la media europea.

La crisis no es igual para todos. Muchos que la sufren absolutamente y otros viven mejor que nunca. Las desigualdades salariales en España están entre las más altas de la OCDE y, lo que es peor, la pobreza tiene rostro de niño. Uno de cada cuatro menores vive en España en un hogar sin recursos, también la peor tasa de la Unión Europea. Decenas de miles de niños están en riesgo de exclusión social para toda su vida. Quienes gobiernan España están recortando en atención social, en dependencia, en cuidados para los más desfavorecidos, en derechos fundamentales… Lo que define a una sociedad donde la justicia social tiene algún valor es precisamente su capacidad para proteger a los más débiles, a los más vulnerables. Se recortan derechos, se deja sin apoyo a los dependientes, no se paga a educadores o trabajadores sociales, pero se mantienen asesores, embajadas y tantos gastos innecesarios. Muchas de esas medidas sólo tratan los síntomas y no son ni duraderas ni éticas ni aceptables. La jerarquía de valores está montada sobre una enorme farsa.

Una voz ajena, la del arzobispo de Dublín, Diarmuid Martín, decía recientemente que “si no ponemos en marcha políticas que den valor a los talentos de los más vulnerables, los marginados se encontrarán cuando acabe la recesión, aún más marginados y la sociedad será aún más frágil”. Los pobres están entre nosotros. La miseria no ha llegado todavía a nuestra tierra porque como explica el escritor argentino Martín Caparrós, “miseria es la desigualdad brutal, concentrada en un mismo territorio y sus efectos de enchastre y de violencia: la humillación constante”. Pero de alguna forma miseria es también que unos vivan a cuerpo de rey y otros no tengan para comer en un Estado de Derecho.